jueves, 1 de junio de 2017

Baz el guerrero y la estatua de Girnat 42

Exultantemente feliz ante la aparente muerte de su supuesta madre lombrizoide, Girsür no puso ningún reparo en conducirles hasta el monasterio de Firibini, a donde pensaban que el abad Paco fue en busca de la estatua de Girnat. Todo lo contrario. Al igual que sus hermanos Palillo y Culón, Girsür (“el portero gordinflón” para Tayner) parecía más que encantado de servir a aquel joven que contemplaban con adoración y deseo, aunque eso supusiera traicionar a su invertebrada especie al completo. Por eso, Baz se sorprendió al ver que el monje, en lugar de emprender la marcha hacia el hogar de los Hermanos de la Sagrada Forma Original, cerraba la puerta que daba a su monasterio y se ponía a desenroscar el picaporte. Tayner también se sorprendió, aunque en su caso lo expresó de forma más insultante y violenta que su compañero. La sed de venganza hacia el abad-pene-traidor y su ansia por conseguir el tesoro que podría conseguirle la aprobación de su padre habían conseguido que su ya escasa paciencia se redujera hasta la práctica inexistencia. Pero, a pesar de los improperios que recibía, Girsür siguió a lo suyo sin inmutarse, dando vueltas y vueltas y más vueltas al picaporte. Y, cuando acabó, fue a la parte opuesta de la puerta y comenzó a hacer lo mismo, pero al revés. Dando vueltas y vueltas y más vueltas al picaporte, esta vez para enroscarlo. De haber tenido Tayner una espada o más barriles de aceite de ortiga unto, seguramente el rechoncho fraile hubiera tenido un final algo prematuro. Pero, por suerte para él, el príncipe estaba completamente desarmado y pudo terminar su quehacer sin daños físicos.

—Ya está —dijo el monje accionando el tirador. A pesar de que las bisagras seguían en su lugar original, la puerta se abrió con normalidad al revés de como solía —Bienvenidos al monasterio de Firibinia.

—Vaya, sí que estaba cerca —comentó Baz.

—En realidad, el monasterio se encuentra a una hora andando hacia el norte. Esta es una puerta mágica. Y, ahora, seguidme —añadió el monje internándose en el oscuro pasillo que se abría ante ellos—. En silencio, por favor.

El guerrero tuvo que hacer un serio esfuerzo por mantener la boca cerrada mientra multitud de preguntas se agolpaban en su cabeza. “¿Por qué estarán los monasterios conectados?” pensaba. “¿Aspiraba a que sus lombrices fueran sustituyendo a los originales? ¿Pero entonces para qué construir dos monasterios? ¿Y quién decidió que fueran una comunidad nudista? ¿Acaso fue Paco, el único humano del lugar, el que tomó esa decisión? ¿O tendría Culón razón y Fafá Sinier también estaría loca?”. Sin embargo, cada vez que amagaba con dirigirse al fraile, Girsür le indicaba con un gesto que debía callarse.

A Tayner le sucedía algo parecido pues también había cosas que le preocupaban. Pero, a diferencia de Baz, él no estaba dispuesto a quedarse con la duda.

—Portero, te has equivocado —dijo.

—Majestad, deberíamos guardar silencio —susurró el monje.

—Pero es que te has confundido de camino —insistió.

—Shhhh —siseó Girsür al tiempo que se llevaba el dedo índice a los labio.

—Oye, no te atrevas a “shhhharme”. Sobre todo cuando estoy contándote una cosa importante. Estamos volviendo por el mismo camino que vinimos.

—Majestad, no ha habido ninguna confusión —trató de explicar el fraile—, lo que ocurre es que los pasadizos son prácticamente iguales.

—Ya veo… así que son prácticamente iguales ¿verdad? Pues a mí me parece que lo que ocurre es que intentas confundirnos para que no podamos llegar hasta el abad ¿no es así señor traidor de talla extragrande? Le he pillado.

—Majestad, le aseguro que es otro pasadizo.

—¡Mentira! —gritó el príncipe—. Mientes como un bellaco ¿y sabes cómo lo sé? Ni más ni menos que porque me acuerdo perfectamente… —Tayner hizo una pausa mientras buscaba por la pared— de esta piedra —añadió propinando un fuerte a la susodicha.

—¡Majestad! —exclamó Girsür asustado.

—Quizás no deberías golpear piedras —sugirió Baz—. Estás poniendo nervioso al guía. Y a mí también, si te soy sincero.

—Se pone nervioso porque sabe que tengo razón ¿verdad? Y porque también me acuerdo de esa piedra gris —comentó golpeando un nuevo adoquín que poco o nada se diferenciaba de los que le rodeaban.

—Es peligroso tocar las paredes —murmuró Palillo.

—Sí, puede haber mecanismos que activen trampas —le apoyó Culón.

—¡Ja! Trampas, dice. Me huelo que vosotros también estáis conchabados con el gordinflón. Pues ya os informo que tocaré cuantas piedras me apetezca para desenmascarar a este embustero. Por ejemplo, esta.

Todos los presentes contuvieron inconscientemente la respiración al ver que el puño del príncipe impactaba contra el ladrillo elegido. Nada ocurrió, pero tardaron algunos segundos más en volver a respirar con normalidad. En ningún sitio se decía que las trampas que se activaban mediante mecanismos ocultos tuvieran que ser inmediatas.

—¿Veis? Todo es mentira. Aquí no hay trampas ni nada.

Satisfecho consigo mismo, el príncipe le dio un nuevo manotazo a la pared. Fue un gesto tan desenfadado y casual que el resto, consciente e inconscientemente, se olvidó de contener expectante la respiración. Pero no importó, porque nada ocurrió.

—Estamos a salvo —insistió Tayner.

Por enésima vez, el joven se empeñó en golpear uno de los adoquines que le rodeaban. De haber sido esa una pared inteligente, se podría haber dicho que esa fue la gota que colmó el vaso. Pero, como no lo era, lo único que se podía decir era que el que mucho insiste, acaba encontrando. En ese caso, una trampilla que se abrió a sus pies y los hizo caer en sus oscuras profundidades.

—¡Estarás contento con la que has liado, portero! —gritó Tayner.

viernes, 12 de mayo de 2017

Diario de un treintañero… y gay… y ciego 4 x 20

Pobre Ichi, me estoy dando cuenta de que le estoy metiendo mucha caña al chico últimamente. Más de uno va a acabar pensando que ya no me gusta. Y nada más lejos de la verdad. De hecho, a pesar de los pesares, pienso que Ichi ha sido el mejor novio que he tenido en la vida. Sé la competencia no es muy reñida dado el historial de estúpidos, egoístas y adúlteros con los que he salido, pero eso no le resta valor al título. Puede que tuviéramos (y tengamos) nuestras diferencias y que no acabáramos de adaptarnos el uno al otro (o el uno a la existencia de los exnovios del otro), pero siempre pensaba en mí y nunca me hizo daño. Así que si mis palabras les han creado algún tipo de dudas al respecto se las aclaro ya mismo: sigo queriendo a Ichi y me sigue gustando tanto como el primer día. De hecho, hasta me atrevería a afirmar que le quiero y me gusta más que antes de empezar a salir gracias, sobre todo, a ciertos aspectos de su persona que no conocía. Por ejemplo, cuando empezamos no acababa de tener del todo claro si me sentía atraído físicamente por él y en cambio ahora... puff. Puff, puff y puff. Incluso en una época como en la que vivía con mi pobre libido muy lejos de su máxima plenitud (y de la mínima también) por culpa del estrés que sufría, solo tenía que imaginarme su cuerpo desnudo en mi cama para que se me revolucionase el organismo. Esas piernas de ciclista con los gemelos marcados y ese culo tan prieto que me encantaba morder y esas manos suaves que conseguían que me estremeciera cuando me acariciaba y esa enorme… bueno, mejor voy a dejarlo porque me estoy poniendo bastante malo. Por cierto, que iba a decir “lengua”, “esa enorme lengua”. Lo aclaro por si alguien un poco malpensado. Aunque si pensaron mal, también acertaron. Es enorme.

Pero dejemos de comentar la anatomía de Ichi y volvamos a donde estaba antes de dejarme llevar por la lascivia. Decía que había aspectos de su persona que me habían llevado a quererlo más. Y algunos (más de uno y más de dos) no tenían ningunas relación con su físico, con nuestra vida sexual o con la vida sexual que tenía pensando en su físico.

Es cierto que no todo lo que había descubierto era bueno. También encontré cosas malas que no me hacían tanta (o ninguna) gracia. Cosas que había estado demasiado ciego para verlas, valga la redundancia. Vaya, me acaba de salir un chiste de ciegos sin proponérmelo. Lo que son las cosas. Será el estrés de tanto jaleo sentimental. La verdad es que deseaba que nuestra relación volviera a ser lo que era, pero cada día dudaba más de que eso fuera a ser posible. Quizás la solución fuera relajarse y dejarse llevar. Aceptar lo que quiera que sucediera y ver a dónde nos llevaba la aventura. Puede que así, al menos disfrutaría del viaje.

jueves, 11 de mayo de 2017

Baz el guerrero y la estatua de Girnat 41

—¿No quieres vengarte del abad? —preguntó Tayner.

—Dejó que Fafá Sinier me atara a una roca para torturarme—respondió su compañero—. No tengo problema en partirle la cara un rato ¿Sabes dónde está?

—Mandé al portero a buscarle.

En ese mismo momento, como si estuviera esperando la señal para hacer su entrada, Girsür apareció por la puerta. Llegó agotado, fatigado y mucho menos jovial que cuando le conocieron. Resultaba evidente que acababa de hacer más ejercicio del que acostumbraba pues no solo su oronda y curvilínea figura refulgía con un potente tono rojizo, también perdía tal cantidad de líquido a través de los poros de su piel que más que sudar, manaba. Tardó casi medio minuto en recuperar el aliento suficiente para volver a articular palabra y otro tanto en sobreponerse de la impresión que le produjo contemplar el humeante paisaje. Deduciendo lo que la destrucción reinante y el derrumbe de la cueva significaban, el monje miró a sus hermanos. Palillo y Culón negaron con la cabeza. Y, entonces, Girsür volvió a sonreír.

—¿Y bien? —preguntó el príncipe impaciente por recibir sus informes. Hasta ese instante había permanecido en silencio porque pensaba que el fraile caería fulminado por un ataque al corazón. Sin embargo, quedó claro que el hombrecillo gozaba de una relativa buena salud, no veía razón para seguir esperando—. Me aburro —insistió—. O te mueres o me cuentas lo que has descubierto. Decídete.

—Su excelencia... me he... recorrido casi… todo el monasterio —se justificó Girsür entre jadeos.

—Sí, sí. Yo antes me saqué un moco y se lo pegué en el culo a Baz—respondió Tayner mientras el guerrero se palpaba el trasero—. Todos hemos hecho cosas que no interesan a los demás. Ahora dime dónde está el maldito traidor pene…

—¿Perdón?

—El abad ese de las narices —añadió Tayner enfadado—. ¿Dónde se esconde?

—Mucho me temo que el abad Paco ha escapado del monasterio.

—Claro, habrá ido a por la estatua al monasterio de Firibilia —dijo Baz.

—Será al de Firibinia —le corrigió Palillo—. Este es el de Firibilia.

—Da igual cómo se llame. Va al monasterio de verdad a por la estatua de Girnat. Fafá Sinier dijo que tenía que exponerla a los rayos del amanecer ¿sabéis para qué podría quererla?

—No sé —intervino Culón—. A mí eso me suena a cháchara de clon defectuoso. Unas creen que tienen manos y otras trazan planes malignos.

—Pero ¿no decíais que Fafá Sinier era vuestra madre? —preguntó el guerrero confuso.

—Eso nos contó, pero vete a saber.

—Me da igual si tu madre es una mosca o si se destruye el mundo al amanecer —dijo Tayner—. Quiero al abad y la estatua.

—Girsür, por favor ¿serías tan amable de llevarnos al monasterio de Firibinia? —le pidió Baz.

—Está bien, como queráis —respondió el monje. Luego cerró la puerta del pasadizo que llevaba al interior del monasterio y se puso a desenroscar el tirador de la puerta.

—Pero ¿qué haces? —se quejó el príncipe.

—Espera un segundo —le pidió Palillo.

Girsür, que no parecía haber prestado atención a las protestas de Tayner, continuó dando vueltas al tirador.

—Se ha vuelto tonto de repente —murmuró Tayner enfadado.

—Ya acaba —apuntó Culón.

Efectivamente, Girsür terminó de extraer el tirador. Luego, se movió al otro extremo de la puerta y empezó a enroscarlo en un pequeño agujero que se encontraba casi a la misma altura que el primero.

—Gilipollas perdido —continuó mascullando el príncipe —. Se nos ha quedado gilipollas perdido.

Pero Girsür continuó dando vueltas al tirador sin hacer caso a los improperios del joven. Dio vuelta y vueltas y vueltas y vueltas. Y, de pronto, paró.

—Sean bienvenidos al monasterio de Firibinia —dijo el monje accionando el tirador. En contra de lo esperado y de toda la lógica, la puerta se abrió con normalidad como si nunca lo hubiera hecho hacia el lado contrario.

—Vaya, sí que estaba cerca —comentó Baz.

martes, 25 de abril de 2017

Diario de un treintañero… y gay… y ciego 4 x 19

Marc, Sergio, Álex, Miguel, Adrián, Nacho, Pablo, Jon, François, Artur, Israel, el monitor de gimnasio que creo que se llama Alfonso... El número de tíos con los que he estado es bastante aceptable. No me puedo quejar de la cantidad, aunque hay cosas que nunca sobran. Eso sí, la calidad media ha sido espantosa. Los novios con los que imaginaba un futuro, los rollos con los que apenas me dio tiempo dio tiempo a disfrutar del presente, los polvos de menos de media hora y los avatares sin cara con los que practiqué cibersexo. Todos fueron horribles. No se salva ni uno. Gustavo puede que sea el mejor por honesto, pero eso no le convierte en bueno. Después de todo su mayor mérito es dejarme claro que solo quiere follar conmigo. Eso no es para celebrarlo, precisamente. O, dado cómo va mi vida sentimental, quizás sí lo sea. He encontrado un chico claro y sincero. No quiere nada conmigo y yo estoy enamorado de otro tío mucho menos abierto, pero al menos sé que existe y no es una entelequia.

De verdad ¿tan difícil es encontrar a alguien normal? Si yo no pido tanto. Me vale con alguien que me escuche de vez en cuando, que me bese de vez en cuando y me dé algo de sexo de vez en cuando. Solo eso. Básico, sin agobios ni imposiciones. Soy muy fácil. Además, no doy problemas porque todas mis neuras y paranoias me las puedo comer yo mismo. A estas alturas, ya tengo experiencia. No necesito que me animen o me apoyen. Hombre, obviamente es una cosa que se agradece, pero no pretendo encontrar un príncipe azul que me rescate de quien soy. Ya no. Tampoco busco grandes aventuras, ni historias sacadas de novelones románticos. Que no es que fuera a quejarme si un aventurero musculoso me rescata de una terrible mafia de homófobos anticiegos y tenemos que escapar en un aeroplano biplaza y, tras una épica batalla aérea en la que yo demuestro que no es necesaria la vista para convertirte en un héroe del aire, se avería el motor y terminamos viviendo desnudos en una isla tropical durante un par de tórridos meses en los que el sexo desenfrenado y la supervivencia serían nuestros únicos entretenimientos. Pero sé que esas cosas no pasan en la vida real. Y la rutina también tiene sus cosas buenas. Puedes leer, ir al gimnasio, fornicar en una cama, nadie trata matarte, no tengo que comer pescado… Soy fácil de contentar. A mi me basta con saber que hay una persona en el mundo que pensará en mí mientras se toma un café en el trabajo. Y que algo en apariencia tan simple sean tan complicado de conseguir. Claro que yo tengo mucha culpa en eso por enamorarme de los tíos que me enamoro. Egoístas falocéntricos que solo piensan en follar y celosos enfermizos que temen perderme a cada paso. Esos son los dos tipos de hombres que han pasado por mi vida. Y luego está Miguel, que es la fusión de ambos, la encarnación del capullo perfecto. Vaya tino que tengo.

jueves, 20 de abril de 2017

Baz el guerrero y la estatua de Girnat 40

Cuando se despejó la nube de polvo y humo que había levantado la explosión, no había ni rastro de Fafá Sinier.

—Es raro —dijo Baz—. Estaba casi seguro de que se libraría. Se encontraba a bastante distancia de la cueva.

—Olvídate de ella. Si ha muerto, mejor para nosotros. Y si no, ya habrá tiempo de ponerle remedio. Pero, ahora, tenemos cosas más importantes que hacer —comentó Tayner—. Debemos evitar que… el hombre este… bueno, ya sabes quién es. El pene…

—¿El pene? —preguntó el guerrero confuso—. ¿Te refieres a Sinier Fafá?

—No, hablo del señor este… el grande y desnudo.

—Ah, el abad.

—Ese. No me culpes por no saberme su nombre, los príncipes no nos ocupamos de cosas tan vulgares como saber si el señor en el que estoy pensando es Abad o Ataulfo.

—“Abad” es un cargo, no su nombre —le aclaró Palillo.

—Se llama Paco —apuntó su compañero Culón.

—¿Es serio? Da igual, el caso es que tenemos que evitar que el… el abad Paco ese se haga con la… bueno, la cosa esa que estamos buscando.

—¿La estatua? —sugirió Baz.

—Exacto.

—¿Tampoco se ocupan los príncipes de saber lo que son las estatuas? —preguntó el guerrero con sorna.

—Para eso te tengo a ti a mi servicio —respondió Tayner—. Así yo puedo encargarme de cosas más trascendentales como encontrar a ese maldito hombre que ya he olvidado cómo se llamaba. Y ahora vamos a por...

—¿Y por qué no nos marchamos? —le interrumpió Baz—. El veneno que te inyectó Sinier Fafá ha desaparecido y ya no hace falta que continuemos con esta estúpida misión. Somos libres para proseguir nuestro viaje.

—Pero… el hombre ese… y la cosa que busca —balbuceó el príncipe—. Hay que dar con ellos.

—¿A qué viene ese empeño con el abad y la estatua de Girnat? —preguntó el guerrero—. No es muy propio de ti preocuparte por nada que no seas tú mismo.

—Se me había ocurrido que dado que el hombre este…

—El abad —apuntó Palillo molesto.

—Eso —continuó el príncipe—. Pues que dado que el abad es un espía del fálico Imperio de Grimoria, se me ocurrió que la cosa esa que busca… —Tayner hizo una pausa por si alguien quería corregirle, pero nadie lo hizo— tendrá algún valor para ellos. Y si yo la interceptaba y la llevaba a casa, quizás mi padre volvería a estar orgulloso de mí.

Baz se quedó mirando al príncipe, esperando. Normalmente, cuando Tayner dejaba entrever sus sentimientos y él empezaba a compadecerse, el príncipe acababa soltando algún improperio fuera de lugar que le recordaba lo imbécil que podía llegar a ser. Pero en esa ocasión, no aparentaba tener intención de añadir nada. Parecía que, al fin, había descubierto algo que hacía callar al príncipe: su padre. Debían de haber tenido una relación bastante tensa, sobre todo teniendo en cuenta que había estado a punto de desheredar a Tayner. Claro que Baz también entendía que su padre quisiera desheredar a alguien como el chico.

—Y también podríamos vengarnos —prosiguió el príncipe saliendo de su ensimismamiento—. ¿No quieres vengarte del abad?

—Dejó que Fafá Sinier me atara a una roca para torturarme —respondió Baz—. No tengo problema en partirle la cara un rato.