viernes, 29 de abril de 2011

Diario de un treintañero... y gay... y ciego 7

A la mañana siguiente, la situación había dado un giro de 180º. De 360, si 180 les parece poco y no están muy familiarizados con la geometría. Eran las ocho de la mañana y acababa de llamar a la oficina para decir que me encontraba mal. Era cierto. Estaba fatal físicamente, porque había permanecido la noche en vela. Y peor anímicamente.

La noche anterior yo regresaba pletórico. Tenía ganas de echar a correr para llegar antes a casa y escuchar de nuevo el análisis de Miguel y comprobar si volvía a sentir esa sensación de inconmensurable felicidad absoluta que me invadiera en la oficina. Y después, ponerlo otra vez. Y otra. Y una más. Exprimir ese momento hasta agotarlo. Sin embargo, lo único que llegué a escuchar fue la voz humana que se dirigió a mí en el portal de casa. Me dijo que estaba encantado de que volviéramos a encontrarnos tras tanto tiempo. A mí el corazón se me aceleró, la sangre se me heló en las venas y mis gónadas visitaron mi garganta del susto. Una sensación muy diferente a la felicidad que esperaba que ocupase mi velada. Pasaría tiempo antes de que pudiera sentirla de nuevo. Y es que su voz era muy diferente del lector de textos para ciegos, pero igual de reconocible. Era Sergio.

¿Alguna vez les ha ocurrido al encontrarse con una persona que no saben si reír, llorar, gritar, escapar, darle un puñetazo o vomitar? Si desconocen esa situación, son afortunados. Yo me sentía así en ese momento ante la presencia de Sergio. Había pasado tanto tiempo. El amor y el odio se habían enquistado en mí de forma obsesiva junto con miles de conversaciones ensayadas en mi mente y de escenas imaginadas. Y, en cambio, me era imposible reaccionar. Estaba petrificado.

—Estaba por la ciudad y he pensado en venir a verte —dijo.

—Sigues haciendo chistes de ciegos —respondí divertido. Seguramente, la risa provenía más de la histeria que de otra cosa.

—¿Me invitas a una copa?

—Janf —fue lo único que logré contestar. Mi boca estaba tan bloqueada por el asombro, el miedo y la indecisión que me era imposible articular mejor.

—Genial.

Me llevó escaleras arriba. Y digo "me llevó" porque, como siempre, había conseguido dirigirme a donde a él le apetecía ¿En qué cabeza cabía que le invitase a subir a mi casa después de los años pasados? ¿Dónde había quedado mi dignidad? ¿Cuándo iba a reprocharle todo? Parecía que nunca. Así que me llevó a mi casa.

No tenía hotel, así que se quedó a dormir. Pero no nos enrollamos. Le dejé la cama y yo me fui al sofá. Sin embargo, la distancia no me ayudó a descansar. Era difícil conciliar el sueño después de que Sergio me dijera que tendría que dormir desnudo porque no tenía pijama. Preguntándome si eso era una invitación pasé la noche. Envuelto en una manta. Desnudo (por si acaso). Indeciso. Sin saber si acercarme o quedarme allí. Dudando si la visita solo era para ahorrarse la habitación de hotel o porque quería saber de mí. Insomne. Despierto durante interminables horas en el frío de la noche.

lunes, 25 de abril de 2011

TR, el superhéroe gay, en "El Ascenso de los Conjurados" 3

TR saltaba de azotea en azotea pensando que, a pesar de que le encantaba cómo su uniforme le marcaba los abdominales, posiblemente le convendría uno que fuera más cómodo para saltar, escalar, pelear, escapar y cualquier otro verbo que pudiera tener relación con la actividad superheroica. Pero, sobre todo, necesitaba uno que le permitiese respirar. Era el problema de querer resaltar que era gay. Cuando, tiempo atrás, intentaba parecer heterosexual, no tenía ese tipo de problemas. Claro que, por aquel entonces, sus preocupaciones eran unas hombreras molestas, unas botas que pesaban un quintal, numerosos pinchos puntiagudos y el lugar en el que se le clavaban… A decir verdad, la falta de aliento no era algo tan malo. Al menos, no dolía.

Tan concentrado en su problema de vestuario (y asfixiado) iba que perdió el pie en un salto y cayó al vacío. O habría caído si no hubiera conseguido agarrarse en el último momento a una cornisa. Un tópico superheroico en toda regla que acabó de completar la mano que, muy oportunamente, apareció en el momento justo para ayudarle a subir. Por supuesto, era de su mejor amiga Melanie. Aunque, en ese momento, respondía al nombre de Bolea. Ella también era una heroína. Argentina, lesbiana, loca, bruta, generosa, excéntrica e independiente eran algunos de los calificativos que se le podrían atribuir.

— O vos empezás a saltar bien o retirate del negocio, boludo. — Le dijo. — Ni por putas voy a seguirte cada noche para salvaos el culo.

— Ha sido un accidente. — Replicó TR. — Estaba pensando en otra cosa.

— Dejame adivinar… ¿pibes?

— No. Ropa.

— Sos más gay que las boas de plumas. — Rio Bolea.

— Gracias ¿me vas a contar ya por qué me has hecho venir? — Preguntó TR enfadado.

— Necesito ayuda para detener a Marco Pinoli.

— ¿El capo? Claro ¿Dónde está?

— En el sótano de ese edificio con tantos matones en la puerta. — Explicó Bolea señalando a la acera de enfrente. — Está con la gente de Ling.

— ¿La mafia italiana y la mafia china? Me encanta. Es muy internacional.


miércoles, 20 de abril de 2011

Diario de un treintañero... y gay... y ciego 6

Media hora más tarde, Luna salió corriendo del restaurante como si le fuera la vida en ello y dejando dinero de sobra para pagar un par de banquetes. Impuntual y descuidada con el dinero. Así era mi mejor amiga y antigua jefa. Y eso que ella ve.

Yo me tomé las cosas con más calma. No tenía ganas de regresar a trabajar. La mañana había empezado mal, pero había empeorado considerablemente con la marcha de Miguel. Y con el pésimo humor que, he de reconocer, me dominaba desde principio de semana. Me sentía melancólico, cualquier cosa me entristecía y entraba en cólera por nimiedades. Y recordaba insistentemente a Sergio... Podía ser un buen momento para hacer una visita de cortesía a mi psicólogo. Había estado suficientes veces tras la línea de la depresión para saber cómo acabaría este ataque de pena continua si la dejaba seguir sin remedio o control.

Pensé en darme un paseo, pero deseché la idea al instante. La caminata de la mañana no había sido, precisamente, una maravilla. Tenía que hacer algo que me entretuviera o me mantuviera la mente ocupada. Desgraciadamente, a esas horas de la tarde de un día de diario mis posibilidades quedaban reducidas a hablar por teléfono con mi tía o volver a trabajar. Dado que la primera opción era algo que trataba de limitar lo más posible, me decanté por regresar a la oficina.

La encontré más fría que al irme. Podía ser por la digestión. Podría ser por la falta de Miguel. Podía ser porque empezaba a refrescar. Desde luego no era un lugar que fuera a hacerme dar saltos de alegría. Pero me acordé que había alternativas peores e intenté centrarme en lo que tenía que hacer.

Llevaba más de dos horas haciendo números y revisando informes cuando, al abrir un archivo del ordenador con el lector automático, me dio un vuelco el corazón. "Análisis de mercado de Miguel Rodríguez", dijo. Era lo último que había hecho antes de irse. Lo que me había entregado esa mañana. Sin embargo, no pude deprimirme por ese hecho. No me dio tiempo. El lector de textos continuaba su labor y, lo que dijo a continuación, me dio otro susto de dimensiones superiores: "Santi, soy Miguel. El viernes doy una fiesta en mi casa y me gustaría que vinieras. Llámame".

Decir que me alegré, quedaría tan lejos de cómo me sentía que sería totalmente inexacto. Estaba pletórico. Entusiasmado. Excitado. Me encontraba tan feliz que me hice una copia del análisis, apagué el ordenador y me fui a mi casa.

lunes, 18 de abril de 2011

TR, el superhéroe gay, en "El Ascenso de los Conjurados" 2

Algunos se estarán preguntando por el significado de TR. La respuesta es sencilla: no lo tiene. Lo elegí al azar, porque me sonaba bien. Qué puedo decir, no tenía el día creativo. Además, imaginen la presión de seleccionar un nombre en código. Te pasas semanas pensando si sonará idiota, si se podrán hacer juegos de palabras con él, si será demasiado presuntuoso o si debería ser más grandilocuente. Una tortura. Algo similar me ocurrió con el símbolo. Me quedé con un triángulo rojo invertido porque me recordaba al símbolo de Superman y tenía cierta relación con el mundo gay. Mucha gente cree que ambas cosas fueron seleccionadas tras un sesudo y concienzudo proceso de reflexión y que "TR" es el acrónimo de “Triángulo Rojo”. Les prometo que mi intención inicial no era esa, aunque acepto que me llamen “Triángulo Rojo”. Ahora sería “Triángulo Rosa”, porque cambié el color después de salir públicamente del armario. Como dice un amigo mío, si quieres reclamar algo, que sea evidente.

Habrá personas que se habrán quedado pensando que antes he mencionado de pasada que tengo poderes. Pues sí, aunque no es algo que vaya pregonando a los cuatro vientos. Ni yo, ni nadie en esta profesión. Hemos leído los suficientes cómics de los X-Men para saber que no es una buena idea que el resto del mundo conozca este tipo de cosas. Además, por defender mi orientación sexual, me la juego. Pero no voy a arriesgar mi vida por unas cualidades sobrenaturales que vete a saber tú de dónde han salido.

De todas formas, la mayoría de las veces, mis poderes son demasiado poco vistosos para que una muchedumbre enfurecida fuera a molestarse en perseguirme con horcas y antorchas. Lo único que hago es "copiar" cosas. "Copio" lo que oigo en clase, "copio" un estilo de lucha en un vídeo y "copio" el aspecto de alguien para parecerme a él. Podría decirse que soy una mezcla de los personajes de cómic del Instructor y de Mística, con una pizca de superdotado (no sólo de inteligencia). Claro que usarlos no es del todo gratuito. El dolor y las horas que me paso inconsciente varían dependiendo de lo físico que sea lo que estoy copiando. Quedarme con lo que leo en un libro, puede dejarme atontado un rato. Cambiarme el color de ojos, supone tres horas sin sentido y una gritando como si me estuvieran abriendo en canal.

Puede que parezca una tontería de poder, pero tener la posibilidad de aprender a hacer parkour o trapecismo es muy útil si te vas a dedicar a saltar por los tejados. Y antes de las heroicidades, me sirvió para ganarme la vida. Por eso he tenido tantos trabajos y he aprobado tantas carreras universitarias (sí, sé que así es trampa, pero qué más da).

Eso sí, lo que no he sido nunca en la vida es narrador y, por eso, para la próxima entrada dejaré que un profesional (o eso dice él) se encargue de esto.


miércoles, 13 de abril de 2011

Diario de un treintañero... y gay... y ciego 5

Costó, pero me pude centrar en el trabajo. Aunque parezca mentira, mi empresa es un negocio lo suficientemente serio para dar beneficios y ni Marc ni nadie suele acosarme a diario. A decir verdad, los fines de semana tampoco sucede a menudo.

Para cuando llegó la hora de comer, Miguel ya se había ido. Una punzada de enfado y tristeza me sacudió de repente. No había pasado a despedirse. Había creído que el abrazo que me diera por la mañana significaba algo. Una simpatía especial, al menos. Pero parecía ser que su agradecimiento hacia mí se limitaba a mi papel como jefe. Una vez que había perdido ese rol, no debía tener motivos para decirme adiós.

Me hubiera encantado poder pasar la tarde sumido en mi melancolía, culpándome por la oportunidad perdida, pero había quedado para comer con mi amiga Luna y no me lo iba a permitir. Es imposible estar triste con ella. Por una parte, porque es muy divertida y, por la otra, porque no deja de hablar y te exige atención absoluta. Es la compañera perfecta para alguien como yo, aquejado de ataques de pesadumbre.

—Estoy saliendo con un chico que es trapecista —me dijo—. Tiene unos brazos como mi cabeza. Y es superflexible. Ni te imaginas las postura que hicimos la otra noche. Dudo que salga en el Kamasutra.

—Teniendo en cuenta que eres más rígida que una tabla, pudisteis hacer algo como la serpiente que se enrolla en el árbol —le contesté—. Tú eres el árbol.

—Muy gracioso. Aunque sea cierto ¿Y tu vida amorosa qué tal? ¿ya le has entrado a ese empleado tuyo?

—Se ha despedido del trabajo.

—¿Qué me dices?

—No me ha dicho adiós.

—¿Qué me dices?

—Y yo me he liado con Marc.

—¿Qué me dices?

—Sí, ha sido un día complicado.

—¿Tan afectado estabas por su marcha para liarte con Marc? —me preguntó Luna.

—Lo cierto... es que fue antes —confesé.

—Entonces no das pena. Eres una perra en celo.

—Lo admito.

—Tengo que presentarte a alguien que te pueda gustar y que te convenga —dijo—. ¿Conoces a Paco? Trabaja en recursos humanos en mi oficina.

—¿Es el tío que es psicólogo y no deja de relatarte los traumas que deduce que has tenido en tu niñez?

—Veo sí sabes quién es. ¿Y a Jorge el de mi gimnasio?

—Si es el que su único tema de conversación es lo poco que le crece el deltoides, no me interesa.

—¿Patricio? —preguntó.

—Ese es el que se pasó una noche tratando de comprobar si a los ciegos se nos aumentaba el oído tanto como para oírle hablar en voz baja desde el otro lado de la habitación.

—¡Ah! Ya me acuerdo de esa noche —dijo Luna—. Por eso aparecía cada dos por tres a preguntarte si le habías escuchado. Creía que tomaba drogas.

—Yo no lo descartaría.

—Bueno, pues no se me ocurren más tíos gais, medianamente monos que puedan interesarte.

—Deberías omitir lo de que puedan interesarme.

—Es que eres muy especialito —se quejó.

—Tienes amigos muy raros —contesté.

—Para muestra...

martes, 12 de abril de 2011

TR, el superhéroe gay, en "El Ascenso de los Conjurados" 1

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Hola, muy buenas ¿qué tal se encuentran? Mi nombre es Sergi Bassols. Soy guionista de cómics de superhéroes. Puede que me conozcan por mi seudónimo: Serols. O puede que no. A lo mejor me recuerdan de cuando fui gimnasta olímpico. O es posible que hayan visto una de mis películas para adultos. Si no, seguro que conocen a mi álter ego: TR, el defensor de los débiles. Para otros soy "el marica volador", pero esa gente no suele conservar los dientes mucho tiempo.

Pues sí, soy un superhéroe. A no ser que en este país Marvel y DC también tengan los derechos sobre esa palabra, en cuyo caso me proclamo como... "defensor enmascarado", por ejemplo, que queda muy de los sesenta. Se llame como se llame, es un trabajo duro. No te pagan, te llevas un montón de golpes, duermes poco y es pésimo para las relaciones. No sé cómo podía hacerlo Spiderman en los cómics. Bueno, sí. Es posible porque es un personaje de ficción. A mí ya me cuesta patrullar cada noche en busca de rateros, como para ponerme a pelear con villanos con poderes. Por suerte, yo puedo despreocuparme de esa parte del trabajo. Nuestros malos con capacidades fuera de los normal suelen ser bastante discretos ¿Para qué iban a atracar un banco a plena luz del día luciendo unas mallas de colores si pueden hacerlo en la soledad de la noche llevando un discreto atuendo negro ladrón?

Sin embargo, nosotros los defensores enmascarados, sí que actuamos y nos vestimos como en los tebeos. Es parte de la gracia de ser un héroe. Y la única excusa que tengo para llevar una de esas camisetas de lycra que te marcan hasta el páncreas fuera de la semana del Orgullo Gay. Me queda espectacularmente bien ¿He mencionado que fui modelo de bañadores?


lunes, 4 de abril de 2011

Diario de un treintañero... y gay... y ciego 4

Marc se fue sin decirme a qué había venido. Ninguno de los dos teníamos el tema en la cabeza cuando nos despedimos. Él iría pensando en el número de pretendientes que tendría en la sauna del gimnasio. Yo, rememoraba como un mantra las razones por las que corté con él. La carne es la carne y Marc era un solomillo de primera calidad. Sin embargo, mi entusiasmo duraría poco. En cuanto se me pasara la excitación del momento, mi añoranza se disolvería como una pastilla efervescente.

Respiré hondo, abrí de nuevo las persianas y me dispuse a trabajar. Ya estaba peleándome con el procesador de textos que, para variar, me daba un par de errores, cuando alguien llamó a la puerta del despacho. Era Miguel.

—Santi ¿podemos hablar?

—Sí, pasa —respondí con un nudo en la garganta. De repente, la posibilidad de que hubiera podido escuchar algo de mi encuentro con Marc invadió mi cabeza ¿Y si era hetero y le había molestado? O peor aún: ¿y si era gay y había perdido cualquier posibilidad porque creía que Marc era mi novio?—. Toma asiento, por favor.

La incertidumbre debió de notárseme en la voz porque me preguntó si estaba bien.

—Sí, solo me he atragantado un poco —mentí—. Bueno, pues tú me dirás.

—Me acaban de llamar de Breed & Breed Finantial.

—¿La empresa para la que hiciste esa entrevista? —pregunté.

—Así, es. El caso es que... me han cogido.

Una ola de sensaciones me invadió. Se iba a ir. Dejaría de encontrarme con él cada día. Dejaría de sentir esa descarga cuando le tocaba accidentalmente. Nunca más se me volvería a erizar el pelo de la nuca al captar su olor. Ni se me aceleraría el corazón al entrar juntos al baño. De hecho, era probable que no le volviera a ver. Pero me alegraba por él. Trabajaba mucho y se merecía el puesto. Además, no es que abundaran oportunidades parecidas que admitiesen ciegos entre sus solicitantes como para ir rechazándolas. Opté porque lo más justo era que trasmitirle lo feliz que me sentía por su logro.

—Te felicito —dije finalmente.

—Y tendría que incorporarme... mañana.

—Sin problema. Ya acordamos que si te daban el trabajo podrías irte en el momento que fuera preciso.

—No parece que te importe —replicó. Parecía dolido.

—Me alegro por ti.

Se acercó poco a poco, me hizo levantarme de la silla y me dio un abrazo. Pero un abrazo en condiciones. De esos intensos y largos. Hasta juraría que me tocó el culo.

—Muchas gracias por todo, has sido un jefe estupendo.

Y con esto, se dio la vuelta y salió de mi despacho dejándome más excitado que antes de que se fuera Marc. No estaba siendo una mañana demasiado productiva, pero sí muy interesante.