viernes, 21 de diciembre de 2012

TR, el superhéroe gay, en "El Ascenso de los Conjurados" 11

Los diversos dolores que asolaban el cuerpo de Sergi, junto con la mala leche que le producía que los Conjurados se hubieran convertido en los nuevos defensores oficiales de la ciudad, le hicieron decidirse por dedicar el día en exclusiva a su vida civil. Unas cuantas clases en la universidad “copiando” conocimientos, un rato realizando las labores del hogar imprescindibles para que no declararan su casa zona de peligro biológico, una visita rápida al supermercado y, sobre todo, varias horas tratando de escribir el guión de su nuevo cómic. Si no empezaba a meterle tiempo, la fecha de entrega llegaría sin que hubiera terminado, lo que no sería una buena noticia para sus relaciones (las profesionales y las no tan profesionales) con el editor y para su bolsillo. Eso último, desde luego, era algo que no se podía permitir. Ser un héroe enmascarado, es un hobbie bastante caro: Armas del mercado negro, aperos de escalada de la máxima calidad, cachivaches tecnológicos a la última, botas especiales, suplementos proteínicos para mantener la musculatura, algunas clases de novedosos estilos de lucha, los pagos mensuales del gimnasio y analgésicos suficientes suficientes para suplir un pequeño hospital. Eso sin contar que cada vez que se le desgarraba un uniforme tenía que hacerse otro nuevo. Los superhéroes no podían ir a defender el mundo con remiendos. Hay que mantener una imagen. A los Vengadores nunca les verás por ahí con un cosido. Si Ultron o el Doctor Muerte les deja en harapos, ya se dan prisa ellos en agenciarse un traje nuevo para la siguiente aventura. Claro que a ellos les sale gratis porque se los hace Reed Richards, el de los 4 Fantástico. Si tuvieran que estar comprando tela cada dos por tres, seguro que dedicaban más horas a los trabajos de sus identidades secretas (¿Alguien recuerda haber visto al Capitán América dibujar un cómic o a Thor pasando consulta en los últimos años?).

— Al paso que voy con esto — pensó Sergi — voy a tener que taparme los rotos con parches… al menos, quedará suficientemente gay.

Y es que la historia se le estaba resistiendo. Por alguna razón, lo planteara como lo plantease, sus héroes siempre acababan apaleando a un par de monjes vestidos de rojo que se hacían llamar “Los Idiotas Hechizados”. Estaba claro que su originalidad y su creatividad no estaban en su mejor día.

Por un momento (en realidad, fueron muchos momentos) Sergi se planteó llamar a Mario y terminar lo que habían comenzado el día anterior, pero al final lo dejó por imposible. Con la cantidad lesiones que había acumulado en los últimos días, lo máximo que podría hacer con él era dejar que le diera un masaje… lo que parecía una idea un tanto precipitada teniendo en cuenta que lo acababa de conocer. Quizás sin en un tiempo acababan siendo amigos (o lo que fuera) podría aprovecharse gratuítamente de sus conocimientos fisioterapeúticos sin sentirse culpable.

Pero descartar quedar con Mario y decidir dedicar el día a los asuntos de su identidad secreta, no significaba que el mundo tuviera los mismos planes para él. Y, para disgusto de sus pobres músculos doloridos, quien le impidió seguir concentrado en sus quehaceres civiles no fue Mario para ofrecerle un masaje gratis, sino un mensaje de Bolea para pedirle que le echara una mano con un asuntillo bastante importante:

“¿Recordás los mafiosos que volaron? Pues acabo de encontrar el cadáver de Pinoli y no está nada chamuscadito.”

— Puede que, con un poco de suerte — pensó Sergi resignado mientras se embutía en su traje de superhéroe — consiga sacar alguna historia para el guión del cómic.



lunes, 17 de diciembre de 2012

Gente Diferente 7

Acabada la noche, el camello y sus guardaespaldas se marcharon. Mientras, Zac y Robert les seguían de cerca. Al cabo de un cuarto de hora, el camello entró en un edificio abandonado anexo al puerto de Leith. Sus matones, continuaron de vuelta hacia al centro de la ciudad.

Dentro, los dos amigos pudieron contar cinco personas, contando al camello.

—Ya sabemos dónde se esconde. Ahora nos iremos a pensar cómo putearle.

Pero Zac no parecía estar de acuerdo con la idea de marcharse. En un ataque de furia, salió de su escondite y corrió hacia el camello. Esta vez no estaban sus guardaespaldas.

—Mierda, mierda, mierda —pensó Robert mientras se quitaba el pendiente. Era una buena oportunidad para darle alguna utilidad a la extraña luz.

El camello no llamó a nadie para que le ayudase. En vez de eso, esperó sonriente a que Zac le alcanzara. El chico le derribó y le dio un puñetazo en la mandíbula. El traficante, le golpeó un par de veces en las costillas. Zac se apartó tambaleándose, como si estuviera drogado. El camello respiraba pesadamente y sangraba por el labio. Y, en ese momento, la tierra comenzó a temblar.

Robert, entretanto, había comprobado que la luz era una especie de piel corrosiva. Cuando uno de los matones del camello la tocó, se retorció de dolor y cayó al suelo. Para consuelo de Robert, todavía estaba vivo.

El temblor fue en aumento. Unas amplias grietas se abrieron por el suelo del almacén y unas cosas parecidas a plantas o, mejor dicho, a corales, surgieron por ellas. La gente huyó hacia la puerta. Pero no el camello. Y tampoco, Zac. El chico, señaló a su contrincante con el dedo. Los corales se dirigieron hacia él y lo rodearon. Una carcajada inundó el almacén, imponiéndose al ruido reinante. Robert giró la cabeza para ver quién se reía. Había alguien más allí. Una extraña silueta vestida de negro. No pudo fijarse más. En ese momento, el techo se vino abajo y tuvo el tiempo justo para sacar a su amigo de allí.

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viernes, 14 de diciembre de 2012

Gente Diferente 6

Zac y Robert habían quedado con sus amigos en la zona de bares de Edimburgo. Zac iba contando chistes malos, como de costumbre, pero Robert no le hacía caso. Su nueva condición de PEC, el miedo a que, a pesar del pendiente, volviera a aparecer la luz, el pánico que le daba que alguien pudiera reconocerle, la conversación con Michael y que su novia Sam no hubiera querido ponerse al teléfono, ocupaban la mayor parte de sus pensamientos.

La noche pasó de pub en pub, bebiendo, bailando, riendo y hablando. Cuando salían de uno se tropezaron con un tipo muy delgado, pálido y con unas pronunciadas ojeras.

—Hola, tíos —dijo con un tono lento y profundo—. ¿Queréis pasarlo bien? —Del bolsillo sacó unas bolsas con pastillas de colores—. ¿Qué os parece? La primera es gratis.

Algunos de los amigos de Robert accedieron. Zac, no se lo tomó tan bien.

—No queremos de esa porquería. Lárgate por donde has venido.

El camello, en lugar de enfadarse, hizo un gesto. Dos hombres altos, muy musculosos y con cara de enfado se acercaron a Zac.

—Si quieres discutir algo hazlo con ellos. Yo tengo trabajo —dijo con una sonrisa.

Zac se iba a lanzar a darle un puñetazo, pero Robert le sujetó del hombro y le llevó a un lugar lejos de los matones.

—¿Estás loco? Podrían matarte.

—Tío, son nuestros amigos.

—Así lo único que hubieras conseguido es que te abrieran la cabeza.

Zac bajó la cabeza en señal de que asumía el error y Robert continuó:

—¿Y por qué te preocupas tanto por una pastilla? Es algo fuerte, sí, y me parece una idiotez, pero dudo que sea la primera vez que nuestros queridos amigos lo prueban.

—Mi prima lleva una semana en coma gracias a lo que le pasó ese tío. Ni siquiera en el hospital supieron decir qué era lo que se había metido.

—¿Andrea está en coma? ¿desde cuándo se mete drogas?

—Mi querida prima ha cambiado mucho desde que cortasteis.

—¿Estás seguro de que es el mismo?

—Claro. Primero fue su camello, luego se enrollaron ocasionalmente. Por lo que parece, la pastilla era su forma de cortar con ella.

—Entonces, es personal ¿Le denunció tu tía?

—Sí, dicen que le están buscando, pero me parece una patraña. Cada fin de semana está por esta zona.

—Tendremos que ayudarles.

Zac hizo una señal de aprobación.

—Nadie toca a Andrea y se va sin recibir un par de miles de patadas.

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jueves, 13 de diciembre de 2012

Diario de un treintañero... y gay... y ciego 69

De nuevo desnudo, aunque en esta ocasión sin más acompañantes, me senté en el plato de la ducha con las piernas cruzadas y abrí el grifo a plena potencia. El agua caliente me envolvió al instante y comenzó a resbalar por mi cuerpo, relajando los músculos y reduciendo ligeramente las tensiones. Sin embargo, el efecto que más deseaba de este tratamiento, una abstracción mental que me permitiera olvidarme temporalmente de mis problemas, me estaba siendo vedado. Era de esperar. No solo aún me hervía la sangre al recordar la absurda escena que había montado Miguel. A eso, mi hiperactivo cerebro había añadido nuevas preocupaciones como el daño que haría a Sergio al contarle las actividades de su pareja o las mentiras que Víctor pudiera decirle sobre mí para esconder su culpa. Sin olvidar, por supuesto, la cuestión más importante de la lista: el futuro de mi relación. Tenía que tomar una decisión y debía hacerlo pronto. Miguel no tardaría en llegar y sería mejor saber qué le iba a decir antes de que se sentara en el sofá. Por un lado, estaba claro que ese tipo de relación iba a ser difícil de soportar, pero siempre cabía la posibilidad de que en unos años evolucionase lo suficiente para que nos satisficiese a ambos. Puede que Miguel acabase convirtiéndose en el novio perfecto o, lo mismo, después de este incidente era yo el que me transformaba en el amigo con derecho a roce ideal. A lo mejor, tras este despertar a la realidad y la muerte de mis esperanzas futuras, se me hacía más sencillo llevar una relación esporádica. Y si cortábamos ¿desaprovecharía una oportunidad de oro o simplemente me liberaría? ¿Debía dejar que las cosas siguieran su curso natural y se asentasen a su ritmo o, por el contrario, buscar algo más sencillo? A lo mejor, el problema era yo mismo al analizar las cosas en exceso y aspirar a metas que, de antemano, ya me habían avisado que no conseguiría. Y, además, se trataba Miguel. El tío con el que había soñado durante meses. El hombre que hacía que se me acelerase la sangre y se me pusiera el vello de punta con solo decirme buenos días. Ese chico tan ideal que incluso era ciego, estaba conmigo y nos lo pasábamos estupendamente ¿Cuál era la probabilidad de encontrar a alguien similar?

Salí de la ducha y me puse lo primero que encontré sin preocuparme por tonterías como el color, si me marcaba el culo o si era sencillo de quitar. Unos pantalones y una camiseta que evitaran que me resfriara era todo lo que necesitaba para poder tener la conversación que se acercaba. En el hipotético caso, claro esta, de que Miguel se presentara, algo que no acababa de dar por seguro. Lo mismo, era aún más egoísta de lo que suponía y continuaba en su casa jugueteando con Víctor.

El timbre sonó un par de veces. Allí estaba. Le dejé pasar y, sin darnos dos besos ni nada, él se sentó en el sofá. La tensión se sentía en el aire y mi cuerpo temblaba de puros nervios.

—No quiero seguir con esta relación, sea la que sea —dije casi sin pensar. Al final, había sido muchísimo más sencillo de lo que nunca me habría imaginado.

martes, 11 de diciembre de 2012

Diario de un treintañero... y gay... y ciego 68

Desnudo sobre el sofá, los labios de Miguel besaban los míos con pasión. Su lengua, cuando quedaba libre, lamía mi pecho desde la clavícula a la pelvis y de ahí saltaba al cuello y el lóbulo de la oreja. Sus manos me acariciaban el abdomen. Después, el culo. Después, la entrepierna. Y, finalmente, las tres cosas a la vez…

En defensa de mi cerebro diré que cuando me dedico a ese tipo de actividades, él aprovecha para dejar su puesto y tomarse un merecido descanso. Me imagino que saldrá a activar los enlaces nicotínicos de sus neuronas y a cuidar del hipotálamo. El caso es que no está disponible. Solo así puedo explicar que tardara tantísimo tiempo en darme cuenta de que tal profusión de manos era algo extraña en una persona. Es una verdadera lástima que no hubiese presente (supongo que ya éramos muchos) ningún juez del libro Guinness, porque estoy seguro de que el grito que solté en ese momento era merecedor de un par de récords.

—Tranquilo —me dijo Miguel con tono jocoso—. Solo es Víctor.

—¿Víctor? —pregunté cuando me relajé lo suficiente para poder articular palabra de nuevo—. ¿Tu Víctor? ¿Víctor el de Sergio?

—Sí.

—Hola —saludó el susodicho.

—Miguel ¿qué coño hace aquí? —dije ignorando totalmente al otro. Estaba tan enfadado que si volvía a abrir la boca, podría olvidarme de su profesión de profesor de fitness y romperle un par de muebles en la cabeza.

—Dijiste que nunca habías hecho un trío y no se me ocurría nadie mejor —respondió con naturalidad.

—A ver, quieres hacer un trío con el tío que no es tu novio y tu exnovio, que además es el novio del exnovio del tío que no es tu novio…

—No es tan raro.

—Si cuesta tanto explicarlo es que tiene que ser una mala idea —dije—. Por necesidad. Las cosas no pueden ser tan difíciles. Ni tan extrañas. Una cosa es que te enrolles con alguien, pero esto… todo tiene un límite y esto se lo ha pasado con creces.

—¿Y qué pasa ahora? —preguntó.

—No lo sé —contesté mientras empezaba a vestirme—. Yo me voy a casa a ducharme con lejía y a pensarlo con calma. Si quieres, pásate dentro de una hora o dos. Solo, por favor.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Diario de un treintañero... y gay... y ciego 67

Había quedado a cenar con Miguel a las nueve de la noche en su casa, pero yo ya estaba dando vueltas por los alrededores de su edificio a eso de las ocho y media. Con los nervios de la cita, me había precipitado a la hora de salir de casa y había llegado demasiado pronto. Aunque, a decir verdad, el paseo me estaba sentando bien. Me permitía fumarme un par de cigarros lejos del pánico al fuego de Miguel y, de paso, tratar de aclararme un poco las ideas. Esa sería la primera vez que nos encontráramos desde que Luna me contara que lo vio enrollándose con otro tío y no tenía nada claro cómo iba a ir la velada. De hecho, ni siquiera sabía con seguridad qué era lo que yo mismo sentía en ese momento. Mi primera reacción al enterarme, fue bastante más furiosa de lo que acostumbro, pero eso ya pasó. No tengo ningún derecho a enfadarme. No somos pareja y acepté que tuviéramos una relación abierta. Incluso, creo recordar que le di permiso expreso para que se acostar con otros. Si tenía que estar cabreado con alguien era conmigo mismo por haber admitido un tipo de relación que estaba claro que me costaba manejar y que era poco probable que llegara donde yo (consciente o inconscientemente) quería. Sin embargo, como digo, el enfado con ambos, pasó. En el instante que llamé al telefonillo de su casa, me parece que el sentimiento mayoritario que llenaba mi mente era tristeza al darme cuenta que por mucho que a mí me gustara, eso nunca iba a ser recíproco. Si quería continuar con él tendría que ser asumiendo que jamás llegaríamos a tener una relación fuera de la cama que implicara algún tipo de compromiso, estabilidad o entrega hacia el otro. No había evolución posible. Salvo, como ya había demostrado Miguel, la de incorporar a más gente… tampoco es que su postura estuviera mal, ni nada por el estilo. Simplemente, teníamos intereses divergentes. Y, como ya he dicho antes, yo mismo acepté que fuéramos una pareja abierta.

—Mierda de psicólogo —pensé molesto mientras subía en el ascensor—. Ya no puedo ni cabrearme cuando me ponen los cuernos, sin ponerme a evaluar las motivaciones de la otra persona y la veracidad de mis juicios. Echo de menos la furia indiscriminada.

Pero ese momento no era momento para endurecerse. Todo lo contrario. Tenía que pesar qué decir. Qué hacer. Qué decisión tomar, si es que iba a tomar alguna. Y tenía que hacerlo antes de que abriera la puerta.

—¡Qué bien que hayas llegado! —me saludó él.

—Tenemos que hablar —respondí en un arranque de originalidad.

—Luego, ahora hay cosas más importantes. —Y, sin decir nada más, me arrastró al interior de su casa para besarme apasionadamente.

El ambiente era cálido. Él estaba desnudo. Mi ropa volaba por los aires. Mi cerebro no pudo aguantar más la presión y se desconectó. En ese momento no importaba nada más. Allí se estaba bien.

martes, 4 de diciembre de 2012

Gente Diferente 5

En una de las habitaciones más escondidas del Vaticano, su amo y señor sostenía un acalorado debate con sus consejeros. Tenía que tomar una decisión rápida, si no quería ver desprestigiada su imagen y la de su iglesia.

Realmente, los que discutían eran sus dos visitas. El tema era, por supuesto, los PECs. El cardenal Roku defendía que la Iglesia Católica se pronunciase en contra de los que consideraba unos enviados del Demonio y que debían combatirse para impedir que propagasen el Mal y el Pecado por el planeta. El otro, el cardenal Massini, abogaba porque, de momento y hasta que se pudiera comprobar lo contrario, se les considerase Iluminados del Señor. Desde luego, esa última idea no era la que más adeptos tenía.

El Papa se levantó precipitadamente y mandó callar a sus ministros. Era un hombre joven, aunque la mano que sostenía el báculo temblaba continuamente. La escondió bajo su albo hábito de seda, sobre el que colgaba una cruz visigoda de oro labrada.

—Queridos amigos, no hace falta acalorarse tanto por esta cuestión —dijo su Santidad con tranquilidad y un cierto toque de aburrimiento—. Ahora que he escuchado vuestros puntos de vista, debo retirarme a rezar y pedir consejo a nuestro Señor. Por favor, dejadme solo.

Los consejeros se levantaron de sus asientos de terciopelo rojo de mala gana, pero ninguno protestó. A pesar de que era el tema más importante y delicado desde la Segunda Guerra Mundial, el joven de blanco seguía siendo el jefe de la Iglesia Católica.

Cuando se hubieron marchado, el Papa se cambió de ropa y se echó una cabezadita.

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