miércoles, 14 de septiembre de 2011

Diario de un treintañero... y gay... y ciego 20

Pensé en quedarme durmiendo a su lado. Me despertaría por la mañana, nos ducharíamos juntos, desayunaríamos en alguna terraza y, desde luego, habría mucho sexo salvaje. Sería bonito. Pero a esa perfecta estampa de amor le faltaban un par de detalles. Para empezar había una serie escasez de soledad en esa casa. Los amigos "odiantes" absurdos de Miguel seguían pululando por ahí sin dar muestras de tener intenciones de irse mientras hubiera comida y bebida a su libre y gratuita disposición. Y cuando ese momento llegara, buscarían a su anfitrión para despedirse. Encontrarle, aunque tuvieran que hacerlo palpando, a su amigo medio desnudo dormido en la cama con otro tío no era de las mejores formas de salir del armario.

Y la segunda cosa que faltaba era, precisamente, la certeza que el mencionado armario existiera en realidad. Un beso, por muy apasionado que hubiera sido, no significaba nada en medio de una melopea tan grande que había hecho que se durmiera. Y aunque lo significara, dudaba mucho que, cuando despertara con su resaca, la reacción fuera la que yo esperaba. Era bastante probable que hubiera más confusión, vergüenza, incertidumbre y amnesia que ganas de continuar con lo que habíamos empezado para que descubriera su verdadero yo mediante la experimentación de nuevas sensaciones. Asumir la propia sexualidad requiere tiempo y tranquilidad. No puede hacerse de pronto, al despertarte al lado de un tío teniendo la lengua como un estropajo y la cabeza embotada.

Tampoco es que mi desesperación sexual extrema y la futura y segura presencia de vómitos fueran a ser de especial ayuda en que ese invento llegara a buen puerto. Así que decidí replegar mis expectativas y deseos e irme a casa. Pero antes tapé a Miguel, busqué un barreño en el baño (que el chico tuviera todo etiquetado en braille me facilitó la tarea e impidió que cogiera un orinal), se lo dejé junto a la cama por lo que pudiera pasar y le di un tierno beso en la frente. Qué puedo decir. A veces soy así de majo.

Anuncié mi retirada a la primera persona que encontré a pesar de que dudaba mucho que fuera a acordarse de ella, llamé a un taxi por el móvil y esperé en el portal a que llegara.

Ya en casa, decidí desfogar mis deseos. Luna, hacía un tiempo, se había dedicado a transcribir los sucesos que acaecían en varias películas de índole intimo-festivo. Puestas en el lector del procesador de textos, era como las narraciones para ciegos que le ponían a las películas en la televisión. Cumplía su propósito. Tenía la desventaja de que la voz del procesador podía excitarme incluso con la declaración de hacienda, pero era algo que podía soportar.

Me decidí por una película llamada "Alad-Ano y la lámpara lujuriosa". Un clásico. El lector comenzó la narración con su tono mecánico y entrecortado: "Había una vez un joven muy fibrado que vestía solo con unos bombachos y un gorrito hortera que se llamaba Alad-Ano... ". Y yo, en contra de cualquier pronóstico, me eché a llorar.

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