viernes, 8 de noviembre de 2013

TR, el superhéroe gay, en "El Ascenso de los Conjurados" 37

No era la primera vez en sus trayectorias como superhéroes que TR y Bolea se sentían odiados o, incluso, en el punto de mira de las autoridades. Ya habían pasado por algunas situaciones similares con anterioridad, como cuando quisieron limpiar la Quebrada de drogas y malhechores o la vez que el alcalde se empeñó en convertir a TR en el enemigo número uno de la ciudad, después de su salida del armario (la de TR, no la del alcalde que seguía declarándose, orgullosamente, heterosexual hasta la médula). Casi podrían decir que les parecía algo… usual. Aunque lo que nunca antes les había sucedido era que les amenazaran con enviar al ejército tras ellos. Normalmente, consideraban que la policía y el resto de héroes se bastaban y se sobraban para detenerlos.

Sin embargo, a pesar de esta preocupante novedad (o, precisamente, por ella) tenían muy claro qué era lo fundamental para sobrevivir a una situación de ese calibre: Necesitaban armas. Montones de ellas. Y no había lugar más repleto de cachivaches bélicos que la casa de Bolea. Que alguien que usa como arma, exclusivamente, una bola de demolición acumule cantidades ingentes de armamento en su piso, puede parecer contradictorio, pero lo cierto era que se debía a razones de seguridad. Existen pocos lugares mejores en los que esconder un arsenal que en el apartamento de una mujer que utiliza una bola de demolición como arma.

El principal problema que debían solucionar era cómo entrar en el piso. Confiaban en que Reeva y sus secuaces no hubieran desvelado sus identidades secretas a la policía. Primero, porque si querían recuperar el libro del Archivista, necesitaban contar con una ventaja para atraparles antes que las fuerzas del orden. Y, en segundo lugar, porque eso iría en contra de una de las más antiguas leyes de los superhéroes. Reeva, sin lugar a dudas, podía ser descrita como “loca genocida peligrosa con brotes psicopáticos y complejo de dios”, pero también era una fanática de las normas, las tradiciones y el protocolo. Jamás osaría algo tan deshonroso y ruin. Así que no era complicado imaginar que la casa de Bolea estaría vigilada, únicamente, por gente de la Asociación de Superhéroes. Seguramente, por alguno de los miembros de la junta directiva. Con Gamer descartado por sus heridas y Reeva por su enorme ego (nunca se prestaría a una vulgar misión de vigilancia), aún quedaban otros cuatro posibles enemigos: Superbyte (si se había recuperado de la paliza que le dio Bolea), Chita, Ultra-acelga y el Sastre Rojo. Se trataba de gente ridícula, pero también bastante peligrosa. Su mejor opción era darles esquinazo y entrar en la casa de Bolea por la entrada secreta del edificio adyacente.

Cuando TR le propuso hacer un pasadizo secreto de seguridad, a Bolea no le gustó nada la idea. Le resultaba absurdo que alguien fuera a impedirle a una chica con una enorme bola de demolición entrar en su casa. Incluso después de que su amigo la construyera a hurtadillas, siguió pareciéndole absurdo. Sin embargo, mientras se dirigían en coche hacia su apartamento, estaba encantada de estrenarla. Pero antes debían llegar a ella y, para conseguirlo, habían parado en, una tienda que les pillaba de camino, a comprar un par de disfraces con los que pasar desapercibidos. Bolea iba de enfermera guarrilla y TR llevaba un traje de Drácula un par de tallas más pequeño de lo que hubiera necesitado. Eran cutres, pero daba igual. Lo importante era tener un aspecto diferente al que esperaban (TR, Bolea, Sergi o Melanie). Además, TR había usado sus conocimientos “copiados” de informática y publicidad para organizar un “mega-evento temático súper-exclusivo con barra libre gratuita y sorteo de viajes entre los asistentes que vayan disfrazados” en el bar que había junto a la casa de Bolea. Como esperaba, la combinación de “megaevento”, “súper-exclusivo”, “gratuito”, “barra libre” y “sorteos de viajes” provocó que todo aquel que tuviera un disfraz a mano se pasara por el loca y, para cuando llegaron al barrio, la cola daba la vuelta a la manzana. Pero antes de que se bajaran, el libro del Archivista emitió un pitido y un ligero resplandor.

— Anda, es como un microondas. — Se rio TR.

— Mirá a ver que dice. — Le dijo Bolea mientras oteaba las azoteas de los edificios. Aún no había encontrado ningún vigilante, pero estaba segura de que alguno habría.

— “Lo que ninguno de los tres sabía era que se conocían en su vida civil. Omega, en realidad, se llamaba Héctor y había tenido una sonora pelea con Sergi en el gimnasio”. — Leyó TR.

— ¿Ya sabés quiénes son?

— Pues la verdad es que no tengo ni idea. — Respondió el chico confuso.


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