martes, 9 de julio de 2013

TR, el superhéroe gay, en "El Ascenso de los Conjurados" 21

Después de ascender otros tres pisos, TR empezó a darse cuenta de algo (más allá de que se le fuera a quedar un culo estupendo con tanta escalera): el edificio se encontraba extrañamente vacío. Hasta el momento, en su carrera no se había encontrado con un alma. Es verdad que la Asociación de Superhéroes no se distinguía por ser uno de los lugares más concurridos de la ciudad, pero siempre solía haber alguien. Superalumnos que asistían a los diferentes cursos (desde armas de fuego a cocina para solteros), superlectores que acudían a la biblioteca en busca de información para un caso (o de una buena novela, que también los había), superpacientes de los distintos grupos de terapia (en los tiempos de TR, a esa hora había una sesión de control del impulso heroico), supercontribuyentes preocupados por sus facturas, superturistas de visita en la ciudad o superlimpiadores afanados en sacar brillo al edificio (las supermanchas son difíciles de quitar). Pero TR no se había cruzado con nadie. Ni tan siquiera, con un pobre demonio explorador que la Reina del Fuego hubiera enviado a echar un vistazo. Todo era silencio a su alrededor, salvo por las risas de los diablos de los pisos inferiores que se acercaban poco a poco. Empujándole, lentamente, hacia la planta superior. Como perros a una oveja fuera del rebaño.

Era más que probable que estuvieran conduciéndole a una trampa. Sin embargo, eso seguía sin explicar por qué se encontraba desierto el edificio. No tuvieron tiempo de evacuar antes de su llegada sorpresa y ningún teletransportador conocido podría haber movido tantas personas de forma tan rápida mientras conversaba con Reeva.

— La gente no puede desvanecerse sin más. — Pensó TR. — Tiene que haber un truco.

Frente al siguiente tramo de escaleras y las puertas de los ascensores, TR frenó su carrera. Apoyado contra una pared, se sentó con las piernas cruzadas, cerró los ojos y, respirando profundamente, trató de poner la mente en blanco. No es que sus poderes le fueran a ayudar a detectar la magia ni nada por el estilo. Sólo quería concentrarse y despejar su cabeza de cualquier pensamiento inútil para poner toda su capacidad cerebral en encontrar el truco. Claro que había situaciones mucho más propicias para poner la mente en blanco que siendo perseguido por Reeva y sus demonios. Especialmente, por las risas de estos últimos. Risas que se iban sintiendo más fuertes. El único sonido de la planta… salvo por la leve frecuencia de las bombillas fluorescentes. Eso también podía oírse cuando te concentrabas un poco. Y las burbujas de una máquina de agua. Y el ruido de lo que parecía un ventilador. Y el tictac de un reloj. Y un tamborileo desconocido. Y un zumbido fuerte y continuo, como el de un ascensor. Y un “ping”. Y algo deslizándose. Y otro deslizamiento. Y, de nuevo, el zumbido.

— Hay otro ascensor, aparte de los que tengo delante. — Pensó TR. — Y alguien me estaba vigilando.



viernes, 5 de julio de 2013

TR, el superhéroe gay, en "El Ascenso de los Conjurados" 20

— Menos mal que me “copié” todos los programas esos en los que desvelaban los secretos de los magos. — Pensaba TR mientras corría a la máxima velocidad que le permitían sus piernas enfundadas en mallas magentas, por uno de los corredores del edificio de la Asociación de Superhéroes.

Ni siquiera se preocupaba porque sus pasos resonaran sobre el suelo de mármol. Había momentos para la discreción y otros en que lo apropiado era huir. Y de prisa. Por mucho que Reeva se hubiera sorprendido en un primer momento, la distracción sólo le daría unos segundos de ventaja. La Reina del Fuego podía ser muchas cosas. Arrogante, prepotente, autoritaria podían ser algunos de los adjetivos que acudirían a la mente de un observador imparcial. Tonta, desde luego, no figuraría en la lista. Y, aunque lo fuera, daría lo mismo. Ella sabía que TR no poseía ningún poder de teletransporte. Es lo malo de ese tipo de asociaciones, que matan el misterio.

Así que las prioridades de TR en esos instantes eran poner la máxima distancia entre ellos y encontrar una puerta que le permitiera salir del edificio. Si de paso, se tropezaba con algún documento revelador y secreto relacionado con los Conjurados, sería fantástico, pero no dejaba de ser algo secundario. Lo principal era alejarse de la bruja psicópata que lo perseguía.

— Bruja psicópata. — Pensó TR. — Tiene cierta lógica que esté ayudando a los Conjurados. Comparten las mismas aficiones. A los tres les gusta asesinar gente y los “abracadabras”.

A su derecha surgieron unas empinadas escaleras y TR tiró por ellas. Los esbirros demoniácos de Reeva, cuyas risas podía escuchar acercándose, se dedicarían a registrar los pisos uno a uno para estar seguros de cazarle. Después de todo, únicamente había dos salidas: la principal, que se encontraba en la planta baja y ya estaría cubierta, y la de la azotea, la que usaban los superhéroes voladores. Esperaba que alguien tan egocéntrico como Reeva se hubiera olvidado de la existencia de una entrada que nunca utilizaba y no estuviera vigilada. Era su mejor opción. Y, además, cuadraba con su plan inicial de alejarse lo máximo posible de la bruja loca y de sus demonios. Aunque no sabía cuánto le quedaría para llegar.

El edificio de la Asociación de Superhéroes contaba con cuatro plantas. Desde fuera, al menos. El mítico fundador de la asociación, Gran Sol, se había encargado de hacer algo relacionado con dimensiones paralelas y agujeros de gusano (nunca llegó a explicarlo del todo), por lo que el interior del edificio podía ampliarse sin tener que alterar la fachada. Chanchullos de magos para no tener que pedir licencias a los ayuntamientos y evitar que les subieran los impuestos. Y una forma fabulosa de adaptarse a la necesidad de espacio. La única pega que se podía poner a este sistema inter-urbanístico era que los diferentes artífices de las distintas ampliaciones habían puesto bastante más interés en su ego que en la racionalidad arquitectónica, por lo que cada planta no guardaba relación con las demás. De hecho, ni siquiera existían unas escaleras o unos ascensores que fueran de forma continua desde la planta baja al último piso. En ocasiones, había que atravesar de lado a lado el edificio para poder continuar subiendo.

En el tiempo en el que TR pertenecía a la Asociación, antes de salir del armario y antes de tratar de limpiar la Quebrada, la construcción contaba con nueve plantas en su interior, a parte de los dos sótanos supersecretos. Desde entonces, no sabía que había ocurrido. Así que, por lo menos, le quedaban ocho plantas por subir.

— Voy a rentabilizar mi pasado como profesor de fitness en un santiamén. — Pensó TR.



jueves, 13 de junio de 2013

TR, el superhéroe gay, en "El Ascenso de los Conjurados" 19

— Hola. — Saludó TR dubitativo. Era la tercera o cuarta vez (la segunda con él como objetivo) que veía a Reeva usando su magia y aún se le paralizaba la respiración. Se sentía diminuto y tremendamente impotente frente a semejante poder.

— No sabes las ganas que tenía de verte. — Dijo la Reina del Fuego. — ¿Qué haces aquí? ¿De visita? ¿Un allanamiento de cortesía?

— Venía a inscribirme en la Asociación. Bolea me ha contado que tenéis un dentista fantástico.

— Ah, es por el seguro dental.

— Sí, claro. Ser un héroe de esos que acaban con los malos a sopapos puede quedar muy molón en los cómics, pero en la vida real se traduce en un montón de muelas astilladas o arrancadas a puñetazos. — Añadió TR tratando de ganar tiempo. Era poco probable que Reeva se tragase la mentira, pero al menos le dejaría vivir el tiempo suficiente para que se le ocurriese algo. — Es el precio que tenemos que pagar aquellos que no tenemos unos poderes tan fantásticos como los tuyos.

— Eres un adulador. — Respondió ella divertida. Los demonios que les contemplaban rieron a coro. — ¿Sabes? Un pajarito me ha dicho que te vieron con Bolea por la Quebrada. Creí haber dejado claro que teníais prohibida la entrada al poblado. — Añadió. La lava que bañaba la pequeña isla en la que se encontraba TR empezó a encabritarse. Su señora, aunque lo disimulara muy bien, debía estar furiosa.

— No estábamos intentando erradicar la venta de drogas o la trata de blancas, si es eso lo que te preocupa. — Dijo TR desafiante olvidando, por un momento, que su intención era evitar que Reeva le quemara vivo. — Fuimos a ver el cadáver de un mafioso recientemente fallecido ¿También te contó eso tu pajarito?

— Claro, cariño. Mis pajaritos me lo cuentan todo. — Contestó la bruja. La superficie de la lava comenzó a presentar un ligero oleaje.

— Supongo que serán unos pajaritos muy majos. Especialmente, aquellos que llevan capuchas rojas.

— Esos los que más. Son mis preferidos.

— Así que sabrás que fueron ellos los que asesinaron a ese mafioso ¿verdad?

— Obviamente. — Contestó Reeva orgullosa. Las olas magmáticas iban creciendo en tamaño y en intensidad.

— ¿Te parece bien que los Conjurados vayan por ahí matando gente? — Preguntó TR indignado.

— Sí. — Respondió ella sin dudar. — Nunca entendí por qué en los cómics se permitía que los villanos regresaran una y otra vez ¿Cuánta gente ha matado el Joker? ¿Miles? ¿Decenas de miles? Y, aun así, continúan encerrándole en Arkham de donde, inexorablemente, volverá a escapar antes o después. Creo que es mucho mejor terminar con los problemas de manera definitiva.

— ¿Y no te importa la moral o la justicia?

— Claro que sí. Nosotros somos la justicia. — Contestó Reeva. Las olas empezaron a tener un tamaño considerable y salpicaban al romper contra la islita de TR. — Y la impartiremos sin importar las absurdas leyes que nos opriman o quiénes se nos opongan. Uy, parece que tenemos marejada. — Añadió con una sonrisa señalando la rizada superficie de la roca fundida. — Cuidado no te mojes.

— Ya veo. — Dijo TR. — Tengo una última pregunta ¿te gusta la magia?

— Es obvio que sí.

— Me refiero a la de los ilusionistas, los magos de salón y esas cosas.

— No mucho ¿por qué lo preguntas?

— Por nada.

Una explosión en la isla, justo bajo los pies de TR, levantó una espesa nube de humo negro. Cuando se despejó, el héroe había desaparecido.



viernes, 7 de junio de 2013

TR, el superhéroe gay, en "El Ascenso de los Conjurados" 18

Los héroes tenían órdenes de ser discretos. El trabajo debía hacerse, siempre que fuera posible, sin llamar demasiado la atención y únicamente vigilantes tan populares como Bolea (o el mismo TR tiempo atrás) podían conceder entrevistas. Tampoco estaba permitido los grupos de más de tres personas, aunque fueran temporales, a fin de evitar que acabaran formándose pseudo-ejércitos de gente con alta capacidad destructiva.

Por estas razones, la “Asociación de Superhéroes” poco tenía que ver con los Vengadores, la JLA, la Patrulla X o cualquier otra típica agrupación de las que solían salir en los cómics. No se trataba de un escuadrón de combate contra el mal, salvo que hubiera una catástrofe severa, momento en el que se convocaba a todos los miembros del país. Era, más bien, un sindicado o un club social. Heroico, eso sí. Allí se encargaban de las heroicas declaraciones de la renta, los heroicos juicios por detrucción de la propiedad publica, los heroicos dientes rotos o los heroicos remiendos en los uniformes, además de organizar runiones (heroicas, por supuesto) para formentar entre sus miembros el compañerismo, la amistad y las relaciones de pareja. Como bien sabía TR, salir con alguien que no fuera de la profesión era bastante complicado e implicaba demasiadas mentiras.

Oficialmente, las decisiones en la Asociación se tomaban por votación en la asamblea general, pero a nadie se le escapaba que existía una especie de jefatura de facto que dirigía las cosas y a la que pertenecían los más poderosos héroes del país. Reeva, la Reina del Fuego, era una de sus miembros, aunque le encantaba aparentar que ella era la líder suprema… capricho que la mayoría le concedía por miedo a los seres infernales que podía invocar. No era, precisamente, una persona muy amistosa. Superbyte, al que le tampoco le sobraba paciencia ni buen humor, era otro de los personajes que formaban parte de esta junta directiva al igual que Chita (la mujer capaz de transformarse en un superchimpancé), Ultra-acelga (el forzudo señor de las hortalizas), Gamer (con la habilidad de materializar cualquier arma del videojuego que eligiese) y el Sastre Rojo (capaz de usar como arma cualquier tipo de prenda de ropa).

Puede que no tuvieran los mejores nombres en clave, pero sí que se trataba de los más poderososo enmascarados del país. Y todos, sin excepción, tenian algo en contra de TR. Desde haber desobedecido sus normas (ellos eran los que ponían las leyes que debían cumplir los héroes) al haber tratado de asaltar la Quebrada unos años antes, hasta emborrachar a uno de sus miembros para poder aprovecharse de él (o eso decía Gamer que, en opinión de TR, debía cambiarse el nombre a Gaymer y empezar a aceptar que le gustaban los tíos). No iban a darle una calurosa bienvenida, precisamente. Bueno, calurosa fue, porque en cuanto TR pisó el salón principal, ríos de lava surgieron de las paredes, cercándole en una pequeña isla de piedra en el centro de la habitación. A su alrededor, cientos de demonios aplaudían y reían a carcajadas. Sobre el alboroto, una voz clara y firme se alzó sin problemas:

— Estoy sorprendida de que hayas atrevido a venir.

Reeva, Reina del Fuego, surgió entre las sombras.



sábado, 1 de junio de 2013

TR, el superhéroe gay, en "El Ascenso de los Conjurados" 17

De haber dependido de él, Sergi no se hubiera movido jamás del lugar en el que se encontraba en esos momentos: en la cama, desnudo y medio adormilado, abrazado a Mario. Ese rato de plácida tranquilidad era lo mejor que le había ocurrido en meses. Por supuesto, el sexo también fue genial (sus tiempos de actor porno contribuían a ello), pero no era lo mismo. Un orgasmo podía lograrlo cuando quisiera. Relajarse, era mucho más difícil. Estaba tan a gusto que incluso su naciente obsesión por los Conjurados, había abandonado su cabeza. De hecho, todo lo relacionado con TR le era indiferente. Él sólo era un pobre saltimbanqui con unos poderes ridículos. El mundo no se acabaría porque se tomase el día libre. Otros se encargarían de detener a los atracadores mientras él disfrutaba de un merecido descanso en los brazos de Mario.

Desgraciadamente para su recién descubierto relax, él no era el único de los presentes con temas pendientes en su vida. Mario también debía tener unos cuantos, porque su busca se puso a pitar como un loco.

— ¿Otra emergencia de fisioterapia? — Bromeó Sergii.

— Algo así. — Respondió Mario. — Cosas de hospitales. Tengo que irme. Pero espero que nos veamos pronto.

— Cuando quieras.

La marcha de Mario se llevó la tranquilidad y trajo de regreso la realidad en el piso y la cabeza de Sergi. Tenía un montón de cosas que hacer: terminar el cómic que estaba escribiendo antes de que su editor se cabreara, "copiar" la técnica de Bruce Lee con los nunchakus de alguna de sus películas, echarse una siesta para recuperarse de la noche en vela y la mañana de sexo... Aunque lo más importante era comenzar a investigar a los Conjurados. Tenía que haber algo que pudiera averiguar sobre ellos. Lo que fuera. Pero era imprescindible que les detuviera. Se habían cargado a algunos mafiosos y a punto estuvieron de hacer lo mismo con Bolea y él mismo. Por deber y por venganza, desbarataría sus planes, fueran los que fueran.

Sin embrago, por mucho que se lo prometiera a sí mismo, a Sergi no se le escapaba que encontrar información útil sobre los Conjurados iba a ser bastante complicado. No sabía nada sobre sus identidades reales, ni llevaban activos el suficiente tiempo como para que se hubieran dejado un par de pistas por el camino. Ni siquiera la policía tendría algo. Eran nuevos, poderosos y desconocidos para todo el mundo... o no. Bolea le había dicho que solían acudir a las reuniones de superhéroes. Era un comienzo. Aunque dudaba que fueran a recibir con los brazos abiertos.