viernes, 3 de mayo de 2013

TR, el superhéroe gay, en "El Ascenso de los Conjurados" 16

Después de veinte dolorosos e infructuosos intentos, TR tuvo que admitir que le resultaba absolutamente imposible cargar con la bola de demolición de Bolea en la moto y conducir en línea recta sin estrellarse. Le hubiera gustado dejarla allí y llevarse a su dueña, pero no se atrevió. Conocía demasiado bien a Bolea y sabía que hacer algo así le podría costar perder varios dientes. Así que no le quedó más remedio que buscarse un escondrijo entre la basura para ocultarse de miradas indiscretas (gracias a los trucos que había “copiado” de un programa de supervivencia de la tele) y esperar pacientemente (haciendo un solitario con la baraja de cartas para emergencias que siempre llevaba en la mochila) a que su amiga se recuperara de la inconsciencia.

TR (Sergi en realidad, dado que se había quitado el uniforme) acabó llegando a casa pasadas las doce del mediodía. Tras el enfrentamiento con los Conjurados y la noche en vela, lo único que le apetecía era echarse una siesta de seis o siete horas, aunque sabía perfectamente que era lo último que debía hacer. Terminar el guión en el que trabajaba, buscar información sobre los Conjurados, investigar un poco las organizaciones de los mafiosos muertos, ir al hospital para que le mirasen algunas de las contusiones que se había hecho en las últimas horas… había multitud de cosas urgentes que necesitan su atención. Pero él sólo pensaba en lo relajado que estaría si se tumbaba en su sofá y cerraba los ojos, mientras el sol le calentaba suavemente el cuerpo.

El habitual debate entre deber y placer (dormir a veces lo es) quedó rápidamente resuelto por un mensaje. Era de Mario. “¿Estás en casa?” decía “Me gustaría verte y terminar lo que empezamos el otro día. Tardo cinco minutos”. Las palabras del fisioterapeuta tuvieron un efecto inmediato en Sergi en cuanto diversas endorfinas, dopaminas y hormonas esteroideas comenzaron a funcionar y a desviar sangre del cerebro hacia tejidos y órganos mucho más importantes. El sueño se esfumó, los dolores y lesiones parecieron curarse como por arte de magia y cualquier problema que no tuviera que ver con lo que pensaba hacer en el sofá, quedó en el olvido. El efecto sería de corta duración, pero aun así le sirvió para arrancarle la ropa a Mario en cuanto atravesó la puerta, hacerle el amor como si hubiera estado a las puertas de la muerte (lo cual era cierto) y repetir, aunque esta vez con un poco menos de ímpetu

— Ha sido bestial. — Dijo Mario al terminar. — Si lo llego a saber, paso de atender la emergencia del otro día.

— Sí, yo también.

— Tu lo que necesitas es pasarte por el hospital ¿Qué te ha sucedido en estos días? —Preguntó Mario con cara de preocupación. — Estás lleno de moratones ¿Te han dado una paliza?

— He tenido un… accidente.

— ¿Sólo uno? Déjame adivinar… ¿Te caíste desde lo alto de un edificio?… — Dijo tanteando el fisioterapeuta. — ¿Te estrellaste contra una pared mientras ibas en moto?

— Un poco de todo. — Respondió Sergi con una sonrisa. Era la verdad, pero era mejor que Mario pensara que bromeaba. — Ya sabes que tiendo a tropezarme y a darme golpes continuamente

— Y yo que empezaba a pensar que me había liado con un tío duro. — Se quejó Mario. — Mejor así. Odio a los chulos. Como premio, trataré de arreglarte alguna de las contracturas de la espalda.

— Muchas gracias.

— Dentro de un rato, no me lo agradecerás tanto. Esto te va a doler.



jueves, 25 de abril de 2013

TR, el superhéroe gay, en "El Ascenso de los Conjurados" 15

En ese instante, TR supo con certeza que el final de su vida se acercaba. Era inevitable. Los Conjurados eran un cóctel de orgullo, testosterona desbocada, inexperiencia juvenil, falta de control, problemas de carácter y poder extremo. Esa era una mezcla peligrosa. Siempre acababa causando víctimas. Esa noche, serían ellos. A propósito o por accidente, todo acabaría en ese momento.

— Espero que no duela. — Pensó.

En su vida como héroe, TR ya había estado otras tres veces a un paso de la muerte: El día que Superbyte, cyborg de última generación al que no le sobraba la paciencia, se enteró de que se había acostado con el marido de su hermana (cómo iba a saberlo); cuando Reeva, Reina del Fuego demoniaca a la que le encantaba hacer el papel de líder superheroica, le abroncó por tratar de limpiar la Quebrada; y cierta noche de cierta semana bastante estresante en la que uno de los matones que había secuestrado a su exnovio (la relación no pudo soportar tanta tensión) prometió liberarle si TR se entregaba en su lugar para ser ejecutado de un tiro en la cabeza. Diversos factores impidieron que muriese en aquellas situaciones: otro héroe, un amigo, una bala encasquillada… Ejemplos del uso más típico del Deus ex Machina (la resolución sorpresa final, por decirlo de alguna manera) en los cómics. Lo único que le faltaba era que un científico loco se entretuviera contándole su malvado plan el tiempo suficiente para que pudiera desatarse y llegar al escondido botón de autodestrucción de su máquina perversa de destrucción masiva. Con lo mucho que odiaba cuando la editorial le obligaba a usar ese tipo de finales en sus guiones para dar más emoción a la historia o introducir un personaje nuevo.

Por eso, en esa ocasión, tenía claro que sería la definitiva. Era imposible que una situación así se repitiera. Y, menos aún, en la Quebrada. Nadie les ayudaría allí. De hecho, era el lugar perfecto para acabar con sus vidas. Sus habitantes odiaban tanto a TR y Bolea, que nadie se extrañaría si los Conjurados contaban que un guardaespaldas superpoderoso de las familias de la Quebrada, les había asesinado. Tenían hasta un chivo expiatorio. Todo estaba a su favor. Todo salvo que no tuvieron en cuenta que la mayoría de encuestas afirman que el 90% de argentinas locas y lesbianas que van armadas con bolas de demolición, suelen desarrollar una fuerza inusitada cuando le tocan mucho las narices. Y así, Bolea, soltando un “estoy hasta los ovarios de vosotros” se lanzó con el arma brillando al rojo vivo y no solo derribó el campo de fuerza que tenían delante, sino que lo lanzó contra sus dueños y les mandó volando, más allá del horizonte.

— Mierda, — pensó TR — una vez más me salvan el culo en el último momento, sin que yo haga nada. Y encima, usando algo que apesta a puto Deus ex Machina.

Sin embargo, aunque eso era lo que le rondaba la cabeza, fue lo suficientemente inteligente como para no expresarlo en voz alta. Después de todo, Bolea acababa de poner en órbita a dos personas.

— Ha sido increíble. — Dijo TR. — No sabía que podías hacer eso.

— Gracias. — Le respondió su amiga. — Sólo sucede si me cabreo lo suficiente. Es como un subidón de adrenalina que se apodera de mi cuerpo y de la bola de demolición. Eso sí, después quedo agotada.

Y dicho esto, se desmayó y se puso a roncar.

— Genial. — Pensó TR. — A ver cómo me llevo en la moto una mujer inconsciente y una bola de demolición que casi no puedo ni mover.



miércoles, 17 de abril de 2013

TR, el superhéroe gay, en "El Ascenso de los Conjurados" 14

TR y Bolea se sentían especialmente orgullosos de la táctica del topo. De todos sus trucos y artimañas conjuntas, era la que mejor resultado les había dado y siempre que tenían ocasión, la usaban para sorprender a sus enemigos. A veces, la utilizaban sin que viniese a cuento. Incluso, llegaron a echar mano de ella para escapar de una cita a ciegas doble bastante incómoda (quien piense que fue una medida algo desproporcionada, es que no vio a los pretendientes ni tuvo que escuchar lo que decían). Jamás les había fallado. Claro que, en realidad, nunca antes se habían enfrentado a alguien como los Conjurados. Lo normal eran las bandas de mafiosos armados hasta los dientes, escuadrones de soldados resentidos con demasiados anabolizantes en el cerebro, circos de payasos especialmente agresivos, narcotraficantes emprendedores que querían ampliar el negocio con nuevas recetas, supermodelos locas que trataban de expandir su retorcida idea de la belleza o turbas de manifestantes homofóbicos (y los citados pretendientes). Lo típico. En todos esos casos, la táctica del topo habría sido muy efectiva. Tampoco hubieran tenido problemas de haber luchado contra los superhéroes a los que estaban acostumbrados, gente como ellos que poseían alguna habilidad ligeramente sobresaliente o un poder de chichinabo como volar o copiar cosas. Lamentablemente, los Conjurados no eran como esos superhéroes. Ellos estaban a otro nivel. Tenían Poder de verdad, del que se escribe con mayúscula (de hecho, teniendo en cuenta las habilidades de los Conjurados, debería escribirse PODER). Por eso los dos hechiceros, en lugar de quedarse gimoteando en el vertedero, prefirieron teletransportarse en mitad de la carretera y obligarles a detener las motos con un campo de fuerza… Y con obligarles me refiero a que levantaron el campo de fuerza justo delante de las motocicletas para que se estrellaran. Los Conjurados podían ser poderosos (de hecho, eran Poderosos), pero nadie había dicho nunca que también fueran sutiles. Sobre todo, Enanito Idiota.



miércoles, 20 de febrero de 2013

Segunda temporada de "Diario de un treintañero… y gay… y ciego"

Después de 70 entradas, hacía falta ya un cambio de aires en la vida de Santi, que la historia con Miguel estaba muy bien, pero 2 años es mucho tiempo para un rollo pasajero. Además, si algo he aprendido de los cómics es que renumerando haces más fácil que se incorpore gente nueva (claro que si eso diera resultado, hasta mi abuela estaría leyendo Iron Man). Así que empezamos la segunda temporada de la historia con las habituales promesas (que seguramente acabe inclumpliendo, como siempre) de más regularidad y mejor calidad. Bueno, al menos, espero que se entretengan. Eso sí, a partir de ahora, se publicará en exclusiva en la web de Historias con Hache, que a Google no le gusta nada que haya contenido repetido.

martes, 19 de febrero de 2013

TR, el superhéroe gay, en "El Ascenso de los Conjurados" 13

Cuando las retinas de Bolea y TR se acostumbraron al rojizo resplandor, pudieron contemplar el cambio de escenario que se acababa de producir en el vertedero. Las montañas de basura ahora estaban coronadas por decenas de policías ataviados como si fueran a invadir Chechenia, con chalecos antibalas y armas automáticas. Todos ellos portaban linternas en los cascos, pero la luz que les había cegado no provenía de ahí, sino de una enorme bola de fuego que alumbraba en lugar desde varios metros de altura. Y bajo ella, controlando el despliegue de los agentes, estaban sus creadores: Los Conjurados.

— Me parece que tendremos que buscar un topo. — Dijo TR a su compañera.

— ¿Qué hacen acá ustedes? — Preguntó Bolea bastante mosqueada a los hechiceros.

— Eso mismo nos gustaría saber a nosotros. — Respondió uno que, según le pareció a TR, era el más bajo de los dos encapuchados. — El alcalde nos ha encargado la seguridad de la ciudad y vosotros estáis contaminando las pruebas de un crimen.

— ¿Por qué no murió en la explosión? — Continuó Bolea sin prestarle atención.

— No sé de qué me hablas, niñata. — Contestó el mismo Conjurado. TR tomo nota mental de que no sólo era más bajito, también era más imbécil. — Pero vosotros tenéis que acompañar a la policía.

— Sí. — Le apoyó su compañero.

— ¿Por qué crimen? — Siguió interrogándole Bolea reuniendo toda su fuerza de voluntad para dejar pasar que le hubiera llamado “niñata”.

— En principio, por violar la orden de alejamiento que os impedía acercaros a este lugar, pero puede que más tarde añadamos asesinato de mafioso a sangre fría a los cargo ¡Detenedles!

Si ellos hubiesen sido novatos en esas lides, semejante acusación les habría cogido por sorpresa y hubieran tratado de rebatirla con inútiles gritos y proclamas varias de inocencia, como mil veces ha sucedido en los cómics. Pero ellos no eran nuevos y esa no era su primera acusación de asesinato. De hecho, ambos habían estado esperándola desde el momento en que los Conjurados aparecieron en el vertedero con su guardia pretoriana. Era el único resultado a encontrar dos héroes con el cadáver de un mafioso.

Así, cuando el Conjurado (o Enanito Idiota, como le había bautizado TR en su cabeza) dio la orden, ellos se movieron al unísono. Por un lado, Bolea le dio un golpe a su maza, creando una onda sonora que hizo estallar las bombillas de las linternas que llevaban los policías. Mientras, TR lanzó un par de shurikens contra los hechiceros que, aunque fueron repelidas por un campo de fuerza, cumplieron su objetivo de desviar su atención para que la bola de fuego mágica se apagara. Y cuando la oscuridad volvió a inundar el vertedero, la maza de Bolea emitió una estallido de luz que les dejó a todos ciegos. A todos salvo a los dos héroes, que habían cerrado los ojos y se guiaban entre los desperdicios por la imagen mental que TR se había hecho (o había “copiado”) del vertedero mientras Bolea discutía con los Conjurados. La memoria fotográfica a corto plazo era uno de los aspectos de sus poderes más ineficaces y, desde luego, aburridos. Pero, de vez en cuando, servía para salvarles el pellejo. Esa era la salida del topo. Habrían preferido darles una paliza a esos dos novatos, pero ambos sabían cuando les superaban en número y había que retirarse. Al menos, Bolea pudo darse la satisfacción de tirarle una piedra a Enanito Idiota antes de escapar a toda velocidad en sus motos.