lunes, 30 de junio de 2014

Las aventuras de Baz el guerrero 09

El ser voluminoso (aunque no era mucho más alto que un humano) y de color marrón (salvo por una enorme mancha blanca que cubría sus cuartos traseros) contaba con un morro prominente, un par de cuernecitos puntiagudos, patas relativamente finas, ojos grandes y pezuñas formadas por dos dedos. Baz no tuvo ninguna duda, desde el instante en que la vio, de que aquel ser era una vaca aunque se encontrara erguida sobre sus patas traseras y les estuviera saludando efusivamente con las delanteras. Era una vaca… o un toro. El sexo era lo único que aún no tenía claro respecto al animal… bueno, en realidad había muchísimas otras cosas que aún le quedaban por saber, pero Baz era una persona bastante pragmática y esos pequeños detalles no le interesaban. A le daban igual los cómos y los porqués, le bastaba con tener claro que se trataba de una vaca para poder hablar con ella. En cambio el tema del sexo le preocupaba mucho. Nunca había hablado con un rumiante (al menos esperando respuesta), pero intuía que llamar “vaca” a un toro bravo no era de esas situaciones que terminan bien. Lo podía haber averiguado con un rápido vistazo en busca de las ubres pero, por alguna razón, eso le parecía una descortesía.

—Buenos días —les saludó el animal con una reverencia cuando se acercaron. Baz se llevó un chasco al darse cuenta de que, en contra de lo que había esperado, no iba obtener ninguna pista sobre el sexo del rumiante por su voz. Era el tono más plano y asexuado que había oído en su vida.

—Buenos días, señ… —empezó el guerrero haciendo serios esfuerzos para controlar la tentación de mirar por debajo de la cintura del animal.

—Es una vaca —dijo Tayner divertido. El príncipe no tenía tantos reparos como su acompañante en fijar la mirada en determinadas partes del cuadrúpedo. Y tampoco le importaba señalarlas.

—Mis ojos están aquí —se quejó el animal.

—Y sus ubres ahí abajo —le susurró Tayner al oído de Baz.

—Compórtate —le ordenó el guerrero.

—No entiendo cómo puedes estar tan tranquilo. Es una vaca.

—Ya lo he visto.

—¡Es una vaca! —gritó el príncipe.

—Yo lo sé, ella lo sabe, tú lo sabes y si hay alguien por los alrededores, seguro que ya lo sabrá.

—Eres imposible —gruñó Tayner.

—Perdónele, señorita —se disculpó el guerrero ante la vaca—. A la juventud le cuesta mantener los debidos modales.

—Al menos yo voy vestido —farfulló el príncipe indignado.

—No se preocupe, una se acostumbra a cruzarse con maleducados —dijo el rumiante—. Y dígame, gentil guerrero ¿qué hacen por estos bosques a horas tan intempestivas? ¿a dónde se dirigían?

—Buscábamos una montaña solitaria a la que llaman Reevert Tull o algo por el estilo —explicó Baz—. ¿Sabe usted su situación?

—Pues sí. Da la casualidad de que yo soy su guardiana —respondió la vaca mientras en sus manos se materializaba una maza gigantesca y su boca se ponía a rumiar como si estuviera mascando chicle.

—No se pelea con la boca llena —farfulló Tayner.

sábado, 28 de junio de 2014

Las aventuras de Baz el guerrero 08

La paciencia no debía figurar entre las virtudes del rey Morfin, porque les pidió (más bien les ordenó de malas formas mientras una escuadra de sus soldados desenvainaban sus espadas con gesto amenazante) partir inmediatamente sin importarle la hora que fuera, la oscuridad reinante o que ambos se encontraran agotados después de un día lleno de emociones, caminatas, raptos y peleas. Así que Tayner y Baz tuvieron que recoger sus escasas pertenencias y volver a ponerse en marcha. La única deferencia que tuvo el rey fue con el príncipe, al que le regaló unas botas más adecuadas para caminar que el fino calzado que llevaba. Estaba claro que Morfin seguía preocupándose por el muchacho independientemente de robos y manipulaciones.

Durante un tiempo considerable ninguno dijo nada. Tayner no sentía muchas ganas de compartir sus pensamientos (la mayoría de ellos violentos y relacionados con el dolor que sentía a causa de las ampollas de los pies) y Baz no sabía bien qué decir. El guerrero estaba confuso, debatiéndose entre la indignación por haber sido hechizado y la atracción que le provocaban los ojos verdes del chico. Sin embargo, tras pasar el desvío, fue la curiosidad la que impuso sobre el resto de sentimientos.

—Entonces… —empezó el guerrero—. Si te casas con el rey Elveiss… ¿qué eres? ¿su reina consorte?

—No iba a casarme con el rey —respondió Tayner enfadado.

—Pero antes has dicho…

—Dije que no me casaba con su hija —le interrumpió el príncipe—, pero nunca mencioné que fuera a contraer matrimonio con Morfin. Iba a ser su… yerno.

—¿No acabas de mencionar que no te casabas con su hija? —preguntó Baz confundido—. Me estoy liando.

—Hace 500 años, el rey Mirgoniur de Elveiss tenía una preciosa amante a la que adoraba con locura —explicó Tayner—. No quería separarse de ella ni un segundo, pero temía la ira de la reina. Así que se le ocurrió casarla con su hijo primogénito. La cosa fue bien hasta que, con el paso de los años, se encaprichó de otra dama y tuvo que casarla con su segundo hijo. Luego vino una tercera y una cuarta. El rey siguió llevando nuevas “nueras” a la corte incluso cuando se quedó sin hijos solteros. Pero para entonces a nadie le importaba lo que hiciera el rey con sus amantes, ni siquiera a su esposa.

—¿Y acabó convirtiéndose en un tradición?

—Así es —respondió el muchacho—. Ahora mismo, el rey de Elveiss debe presentar una nueva nuera o un nuevo yerno cada cinco años para mostrar al mundo que sigue teniendo ganas de vivir y de gobernar.

—¿Y tú te presentaste voluntario?

—Por atender las necesidades del rey durante cinco años tienes derecho a una vida de lujo y a un cargo importante en el país. No me parecía un mal trato.

—Es posible.

Baz iba tan ensimismado que ni siquiera se dio cuenta de que desde un lado del camino, alguien les saludaba. Y debería haberse fijado porque estaba rodeado de antorchas. Y, además, porque se trataba de una vaca.

Blaine Nicholas, brujo a domicilio 12

Decía que entonces besé en los labios a Gotthold. Pero que nadie piense que fue un pico rápido en los labios, como una colegiala vergonzosa al chico que le gusta. Yo cuando doy un beso, lo hago en condiciones. Un buen morreo de que esos que consiguen que se pongan tiesos todos los vellos de tu cuerpo (y alguna otra cosa también). Él se dejó hacer durante unos segundos, pero no puso mucho de su parte. Cuando finalmente se apartó, me sonrió. Podía ser una sonrisa de “eso ha estado muy bien y quiero más” o de “estoy tan bueno que no pueden resistirse a mis encantos”. No lo tenía muy claro. Su entrepierna apuntaba (además de hacia delante) a la primera opción, pero tampoco era una prueba concluyente. Tengo que admitir que beso muy bien y he provocado ese tipo de reacciones en más de un heterosexual.

—Tenemos que darnos prisa —dijo él mientras sacaba ropa de su mochila—. Deberíamos regresar antes de que suba la marea.

Estaba claro que, mientras estuviéramos de caza, eso no iba a llegar a mayores, así que opté por vestirme y pensar en otras cosas. Normalmente, no tengo que hacer tantos esfuerzos por echar un polvo. Como luego resultara ser un desastre en la cama, iba a cabrearme mucho.

—Me parece curioso que alguien tan friolero como tú pudiera atravesar desnudo el lago a su temperatura habitual —comenté una vez ambos tuvimos puestos de nuevo los pantalones—. Seguro que está prácticamente helada.

—¿Friolero?

—Estabas tiritando antes de que te… secara —respondí.

—Ah, sí —dijo con una nueva sonrisa—. Bueno, por las noches la temperatura del agua es soportable ¿No lo notaste al hacer el hechizo?

—Estaba concentrado en otras cosas —contesté. No recordaba que yo mismo había metido la mano en el lago. La verdad es que cuando hago magia me olvido de lo que me rodea.

—Pues está fría, pero no para que te dé una hipotermia. Por el día, ocurre lo contrario. En cuanto sube la marea, la temperatura baja bruscamente y no hay forma de meterse. Hay tardes en las que, incluso, llega a congelarse.

—Así que los terremotos son por la noche y las mareas frías por las mañanas —comenté pensativo.

—¿Eso te da alguna idea?

—Quizás… es una tribu de espíritus que tienen una lavadora y una caldera, pero sólo las ponen por la noche —propuse.

—¿En serio? —me preguntó Gotthold con la decepción y la incredulidad plasmadas en su cara. Eso no iba a ayudarme a tener sexo con el conde.

—Peores cosas he visto. Una bruja llegó a aterrorizar a una aldea pasando la aspiradora… claro que sucedió en el siglo XVI, pero eso no le quita validez al argumento…

—Tendré que creerle, señor Nicholas. Usted es el experto en hechizos, masajes antiestrés y secados especiales —comentó volviendo a sonreír—. Elija un camino para que podamos continuar con nuestra investigación paranormal, por favor.

Dos galerías se abrían en la pared. Del túnel de la derecha salía un ligero olor a azufre, del otro emergía una brisa suave y agradable.

—¿Prefieres que te lleve al monstruo o que sobrevivamos? —pregunté—. Déjalo, mejor vamos primero por la que huele a azufre. La de la izquierda me da demasiado mal rollo.

viernes, 27 de junio de 2014

Blaine Nicholas, brujo a domicilio 11

Entonces supe que Gotthold estaba en lo cierto respecto a las mareas del lago. No porque las viera. Las mareas no se pueden ver así y menos aún con la oscuridad que nos rodeaba. Pero sí que noté algo bullendo en el agua. Una magia que impregnaba cada molécula de líquido y que posibilitaba que se diera cualquier fenómeno inimaginable. Podía haberse manifestado con un estruendoso géisher, con un enorme iceberg o con bellotas ingrávidas, pero esta vez había sido por las mareas. Seguramente, también estaría muy fría. Y me refiero a que parecería recién traída de la Antártida. Como aprendí la vez que un pegaso con mala leche me lanzó a una fuente encantada (cuando yo padecía una intensa hidrofobia, por cierto) las cosas que están en contacto continuo con la magia tienden a las temperaturas extremas. No conozco la razón, pero se debe tener en cuenta si quieres coger un talismán encantado. Siempre hay que echarle un hechizo de cambio de temperatura o, como en mi caso, cogerlo con unos guantes gruesos. El único encantamiento relacionado con el calor que conozco es el de calentar agua lo que, por cierto, es una auténtica suerte porque odio el agua fría. Quizás por eso el hechizo permitió que lo aprendiera. A ver si tengo suerte y un día me tropiezo con un conjuro antimuerte, que tampoco soy muy amigo de que me maten.

Descubrir que el lago se encontraba encantado (o lo que fuera) no consiguió que me abstrajera del suplicio que estaba sufriendo. Tratar de bucear a pulmón con una aparatosa mochila a la espalda y una enorme linterna sumergible en la mano derecha por un túnel angosto y oscuro no era una actividad que me gustara. De hecho, escalaba rápidamente posiciones en mi escala de “peores experiencias con el agua”. Aún le faltaba para alcanzar a la del pegaso, pero no demasiado. Ni siquiera la presencia de Gotthold mejoraba la situación, más que nada porque lo único que le veía eran las plantas de los pies, zona que personalmente me parece bastante poco erótica. Si su culo hubiera ido precediendo mi camino, habría buceado muchísimo más alegre y ligero. Y ya no les cuento cómo me hubiera movido de rápido ante otros estímulos. Pero las plantas de los pies no me animaban en absoluto.

Aun así tampoco debería quejarme tanto porque, a pesar de que se me hiciera eterna, la travesía no duró más que unos pocos segundos. Emergimos en una pequeña bolsa de aire de apenas un palmo de alto. Era muy probable que, como dijo Gotthold, al subir la marea mágica esa zona quedaría anegada e hiciera mucho más complicado atravesar el túnel sin la ayuda de una bombona de oxígeno.

—Respira profundamente y nos volveremos a sumergir —me explicó el conde. Esperaba que dijera algo así porque era obvio que no nos podíamos quedar ahí eternamente. Aun así, escucharlo me sentó como una patada en el centro de mis gónadas—. El túnel que tenemos que atravesar está un poco más al fondo, pero es menos largo.

Un par de segundos más tarde, su cabeza desapareció bajo las aguas y yo tuve que imitarle. Descendí tan rápido que por un momento me desoriente y temí haberme perdido, pero pronto encontré las plantas de los pies de mi guía. Al salir para tomar aire por segunda vez, salí con demasiado ímpetu y me di en la cabeza.

—Ya queda poco —me animó Gotthold. Por supuesto era mentira pues aún tendríamos que repetir el proceso tres veces más antes de llegar nuestro destino: una cueva de tamaño considerable y que (supongo que por cosas de la magia) se encontraba iluminada. Allí se acababa el lago y se abrían un par de galerías en la piedra.

Salí del agua arrastrándome y casi entro en pánico al darme cuenta de que ese sería el único camino de vuelta. De haber conocido el hechizo para hacer explotar montañas lo habría puesto en práctica en ese mismo momento. Pero me tuve que conformar con admirar el precioso y húmedo cuerpo de Gotthold. Viendo que empezaba a tiritar me acerqué y extendí las manos sobre su espalda.

—Rolac —murmuré. Había dejado el mechero como ofrenda para el espíritu del lago lo que significaba que no podría repetir el hechizo con nuevas masas de agua, pero nada impedía que elevase un poco más la temperatura del agua que ya había calentado con anterioridad, como las gotitas que resbalaban entre los omoplatos del conde. A medida que se iba evaporando fui moviendo las manos primero a su culo, luego hacia sus pies, subí por delante hasta su cintura (ahí estuve un rato) y acabé en sus pectorales. Entonces le besé en los labios.

lunes, 23 de junio de 2014

Las aventuras de Baz el guerrero 07

Todo en el rostro del rey Morfin indicaba que decía la verdad. Tampoco es que Baz tuviera motivos para desconfiar de él. Pero, a pesar de ello, algo en Baz le hacía dudar.

—No os creo —comentó el guerrero.

—Pensadlo bien. Seguro que le estáis haciendo un favor pero no tenéis muy clara la razón.

—Pues… —Baz ya no se sentía tan seguro. Las palabras del rey se ajustaban bastante a lo que llevaba sintiendo desde que empezara a acompañar a Tayner. El chico había tratado de robarle su bolsa de dinero y, aun así, él se ofreció a ser su guardaespaldas.

—Y sus ojos os recuerdan a alguien. Quizás a los de un antiguo amor —continuó Morfin—. ¿Tengo razón?

—Sí… —consiguió responder Baz.

—Son los efectos del Cristal de Marggen. Lo sé bien porque Tayner me lo robó mientras vivía en mi castillo.

Baz miró al príncipe esperando que le diera una explicación, pero el chico no parecía demasiado dispuesto.

—Entonces ¿quieres que te lo devuelva? —preguntó el guerrero.

—Ya no es posible —apuntó Morfin—. El Cristal se ha vinculado al chico. solo él puede usarlo. Sin embargo, estaría dispuesto a aceptar algo en compensación por todo el daño que me ha causado. No demasiado lejos de aquí hay una cueva en la que podréis encontrar un collar de platino con una gema roja como la sangre. Traédmelo y estaremos en paz.

—Hablas en plural —dijo Baz—. ¿Qué te hace pensar que voy a ayudarle después de saber que me manipula? Además, yo tengo otras cosas que hacer en Birnik.

—Podría decir que tienes un sentido de la justicia demasiado elevado como para dejar que el muchacho vaya solo. Pero si eso no es suficiente, te invito a que mires sus ojos.

El guerrero no necesitó hacerlo. Una punzada de dolor le atravesó el corazón al imaginarse lejos de esos preciosos ojos verdes que tanto le recordaban a Trelios. Era obvio que no podría abandonarle. Le acompañaría aunque eso significara no llegar a Birnik.

—Está bien —se rindió Baz—. ¿Qué tenemos que hacer?

—A un kilómetro encontraréis un desvío —le explicó el rey Morfin—. Cogedlo y continuar hasta que encontréis una pequeña montaña solitaria. La llaman Reevert Tull y en su base encontraréis una pequeña escalera de piedra que os llevará al interior de una mazmorra. Allí hallaréis la joya que tenéis que entregarme. Yo os esperaré en la posada que hay en el siguiente pueblo.

—Oiga ya que voy a trabajar para usted ¿no le sobrarán unos pantalones para dejarme?

—Lo siento, aunque créeme cuando te digo que estás mucho mejor así de lo que estarías vestido —respondió el rey sonriente.