domingo, 3 de agosto de 2014

Las aventuras de Baz el guerrero 13

—No es seguro adentrarse en solitario por las galerías que horadan el corazón de Reevert Tull —proclamo Häarnarigilna enfadada cuando Tayner hubo desaparecido en el interior de la oscura montaña—. Hay muchas trampas. Tendrán más oportunidades de rescatarle si te acompaño. Baz asintió. Por un instante se había llegado a plantear seguir al príncipe. No solo porque dio su palabra de que le protegería hasta que estuviera de regreso en su castillo, también por el hechizo amoroso que hacía que su corazón se acelerara cada vez que se fijaba en esos ojos verdes que tanto le recordaban a Trelios, su antiguo compañero de la academia. Pero algo le decía que ese no era momento de hacer caso a promesas y sentimientos, sino de reflexionar las cosas con calma y escuchar a los que le rodeaban. Sobre todo a vacas que tuvieran una expresión de furia desatada en el rostro y poseyeran una fuerza descomunal con la que podían partir huesos de hombres como si fueran tiernas ramitas primaverales. Si quería ayudar a Tayner a salir de la montaña primero tendría que sobrevivir y, para ello, sería mejor seguirle el juego a la vaca. Al menos, hasta que encontrara una forma de escapar de su vigilancia.

—Pues tú dirás —dijo el guerrero.

—Tendrás que enfrentarte al primer reto en cuanto lleguemos al siguiente recoveco. —Anunció la vaca con solemnidad.

Baz desenvainó su espada y se puso en guardia dispuesto a enfrentarse a cualquier peligro que pudiera aparecer. Aunque lo que le esperaba al volver la esquina no era un enemigo. En su lugar, encontró que el túnel estaba dividido por un profundo río de un metro y medio de ancho. En el interior de su estrecho cauce el agua corría tranquila y solo tres piedras con aspecto de resbaloso, sobresalían por encima de su superficie.

—Aquí no hay nada —se quejó Baz.

—El río es la prueba —explicó Häarnarigilna—. Debes elegir cómo cruzarlo. solo una de esas tres piedras te permitirá pasar al otro lado.

—¿Y no puedo saltarlo? —preguntó Baz—. No es muy ancho y llegaría sin problemas a la otra orilla.

—Eh… —La vaca parecía perpleja.

—Pero si hay que elegir una piedra, yo la elijo —continuó el guerrero preocupado—. Lo último que quiero es hacer trampas. Sería una vergüenza que un caballero andante como fuera cogiendo atajos en las pruebas que se encuentra en una mítica mazmorra como esta.

—No… no creo que haya ninguna regla que prohíba saltar el río —reconoció Häarnarigilna con un hilo de voz.

—¿Estás segura? Porque no me gustaría hacer nada ilegal. Si sigo quebrantando preceptos del Código Ámbar de los Caballeros van a acabar por expulsarme de la orden.

—Puedes pasar como quieras —le dijo la rumiante.

—De todas formas, dado que no parece que tengamos claras las reglas voy a optar por elegir una piedra.

—¿De verdad? —preguntó ilusionada la vaca.

—Sí. Escojo la más alejada porque… simboliza el esfuerzo —respondió Baz.

—Has acertado —proclamó Häarnarigilna.

—Genial. Por cierto ¿qué habría ocurrido si me llego a equivocar?

—Pues habrías caído al agua y te habrías ahogado.

—No es que parezca un río muy profundo —comentó Baz observando el cauce—. Dudo que me llegué más arriba de la rodilla.

—Eh… puede ser —reconoció la vaca.

—Me parece que esta era una prueba diseñada para gnomos.

2 comentarios:

  1. Jajaja, me ha gustado mucho la prueba del río hecha para gnomos. Ya echaba de menos al buenazo de Baz.

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    1. Me alegro que te haya gustado. Estaba un poco perdido con esta historia, pero parece que se va encaminando sola.

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