viernes, 6 de junio de 2014

Blaine Nicholas, brujo a domicilio 8

Habría dado cualquier cosa, incluso la cartera que me da dinero cuando y para lo que ella quiere, por poder darle un largo y sensual "masaje" a Gotthold en ese momento. Hubiera sido una forma maravillosa de calmar los punzantes nervios que habían empezado a bullir en mi interior desde que me contara los detalles de esa misión casi suicida. El "casi" lo pongo porque ninguno de los dos (yo al menos) teníamos la intención o la previsión de morir esa noche, pero sabía que iba a estar complicado. Entrar en la guarida de un monstruo capaz de producir terremotos justo en las horas en las que es más activo... a mí se me parece bastante a una "misión suicida". Aunque lo que la definía aún mejor era "misión de estúpidos gilipollas". O, para ser más precisos, "misión de estúpidos gilipollas que no pueden esperar a que amanezca porque la mamá gritona se preocupa".

Sin embargo, por mucho que deseara ese "masaje", no lo conseguí. Sería que Gotthold se encontraba demasiado distraído con los preparativos de nuestra inminente aventura. Era lo único que explicaba su falta de interés hacia mis atenciones porque estaba seguro de que se sentía atraído por mí. Le había visto hacer un minucioso repaso de mi estupendo cuerpo desnudo. Y, además, no hay que olvidarse de que yo soy yo. Hay pocas personas, casi personas, ex-personas, medio personas o cosas con forma de personas que sean capaces de resistirse a mis encantos. Hasta ese día, no se me había escapado nadie y Gotthold no iba a ser el primero. Esa noche, mientras nos arrastráramos por oscuros pasadizos, pensaba emplearme a fondo para conquistarle con mi atractivo.

Pero antes del romance y los monstruos, nos tocaba cenar con la señora de la casa en su comedor de gala. Era increíble que entraran tantas habitaciones en un castillo que, al menos por fuera, resultaba tan ridículo y diminuto que parecía una atracción infantil.

—El primer conde de Ameisenhaufen era bastante pobre —me comentó la señora cuando le pregunté por las reducidas dimensiones del edificio.

La arquitectura de la mansión Hormiguero no era un tema que me interesara en absoluto, pero necesitaba que la señora pusiera su atención en algo que no fuera su hijo y ese fue el único que me vino a la mente. Gotthold llevaba toda la cena comportándose de forma extraña. Se reía a destiempo, se enfadaba por cualquier menudencia, se le caían las cosas y se atragantó un par de veces. Seguramente, sentía remordimientos por hacer cosas a escondidas de su querida madre. Esa noche estaba dispuesto a demostrarle que las cosas que se hacen a escondidas de las madres, siempre son las mejores.

—Pero al contrario de lo que cuenta la leyenda —prosiguió la mujer observando a su retoño, que en ese instante masticaba con la mirada perdida en el vacío—, no contó con la ayuda de un genio u otro ser maravilloso. Tuvo que construirse él mismo el castillo usando las piedras que tomaba prestadas de una cantera cercana. Al final, viendo que la fachada exterior iba a quedar algo pequeña, se le ocurrió agrandarlo hacia abajo, excavando en la suelo. Esa es la razón por la que es más grande por dentro que por fuera.

—¿Y esto es el sótano? —continué.

—Sí, en esta planta están las cocinas y más abajo la carbonera.

—Cuentan que mi antepasado cavó tan hondo que llegó a encontrarse con el ser inimaginable del que le había hablado el espíritu de las montañas —dijo Gotthold de repente—. Se vio obligado a dinamitar un túnel para evitar que le persiguiera hasta la superficie.

—En mi familia se cuenta que mi tatatatatarabuelo tenía la minga tan larga…

—¡Señor Nicholas! —me interrumpió escandalizada la señora—. No diga ordinarieces en la mesa.

—Serán ordinarias, pero son las leyendas de mis antepasados —me quejé—. Y, además, son más divertidas que las suyas que sólo hablan del monstruo de las narices.

—Querida madre —intervino el conde antes de que la señora desatara su cólera sobre mí—, creo que es evidente que el señor Nicholas está nervioso y cansado del viaje, así que me lo voy a llevar al pub del pueblo para que se tome algo que le relaje. No nos esperes levantada.

—¡Qué bien! La verdad es que me apetece una cerveza —susurré al oído del conde.

—Pues tendrá que esperar a mañana, porque ahora nos vamos a cazar a un monstruo.

—Ya me lo temía yo.

2 comentarios:

  1. Gracias por el nuevo capítulo. A mí también me parece más interesante la leyenda de los antepasados de Blaine, jajaja.

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    1. Seguro que al mayordomo también le gustaba más esa historia, sobre todo después de probar el género del tatatatataranieto jejejeje Muchas gracias por los comentarios y por seguir la historia. La semana que viene más.

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