lunes, 2 de junio de 2014

Las aventuras de Baz el guerrero 04

En esos momentos iniciales, Baz pensaba que hacer de guardaespaldas de Tayner no alteraría su cuidada planificación y que si iban a buen ritmo, incluso, podrían llegar a recuperar el tiempo que había perdido luchando contra los hombres de negro. Pero eso no era más que una fantasía y el guerrero no tardó mucho en darse cuenta de lo poco que se parecía a la realidad. Para empezar, la velocidad del príncipe se alejaba bastante de lo que Baz consideraba aceptable y su resistencia era tan nimia que se cansaba cada cien metros. Sin embargo, estas no eran las peores de sus cualidades. Ese honor le correspondía a su actitud, pues el chico no dejaba de quejarse y dar órdenes. Era tan insistente que el guerrero llegó a aceptar (a regañadientes) que hicieran una parada a la hora de salir para que Tayner pudiera reponerse (palabras textuales) “de esa atroz caminata y de las fuertes emociones que había sufrido en ese día terrible”.

Baz era una persona tranquila y pacífica (salvo en lo referente a los malvados, por supuesto) pero estaba muy sorprendido de no haberle dado al príncipe un puñetazo. Le resultaba tan curioso como que aceptara ser guardaespaldas de alguien tan rastrero. Se decía a sí mismo que abandonar al muchacho a su suerte cuando le perseguían asesinos despiadados iba en contra de su honor y del juramento que hiciera frente al padre del chico (el rey) prometiendo proteger a los desvalidos y a la casa real. También era cierto que le necesitaba para comprarse nuevos ropajes y víveres, pues nadie le atendería vestido (o desvestido para ser más preciso) de esa guisa. Todo eso era cierto y, aun así, no entendía por qué viajaba con él. Debía tener que ver con sus preciosos ojos verdes. Era la única virtud que le encontraba a alguien que conseguía sacarle de sus casillas con un par de palabras.

—¿Queda mucho? —preguntó el príncipe.

—Claro que queda mucho —replicó el guerrero enfadado. Empezaba a tener el terrible presentimiento de que no llegarían nunca a su destino.

—Deberías mejorar tus modales, ahora trabajas para mí —le reprendió Tayner.

—Queda mucho porque su señoría es lenta, holgazana y nos hace perder el tiempo continuamente —dijo Baz con una reverencia.

—La realeza no está hecha para andar. Por esos usamos carruajes —se quejó el príncipe.

—¿Y dónde está el tuyo? Dudo que llegaras andando hasta aquí.

—Se quedó donde me secuestraron, a pocas millas de la frontera con Elveiss —Comentó Tayner.

—¿Te dirigías allí? Creía que el rey Yurgos no tenía tratos con Elveiss.

—Mi casamiento con Rassa, la espantosa hija de Morfin, iba a solucionar eso —explicó el príncipe—. Casi me alegro de que me hayan raptado.

Durante un diminuto instante, Baz sintió lástima por el muchacho. Pero, como digo, tan solo duró un pequeño instante porque luego Tayner volvió a preguntar si quedaba mucho.

—Deberías llevarme a caballito —sugirió.

—Me parece a mí que eso no va a ocurrir.

—Si no lo haces, me sentaré en el camino y no me moveré —amenazó Tayner deteniéndose en medio del camino.

—Genial, así se lo pondrás más fácil a los asesinos que te persiguen —contestó Baz sin dejar de andar—. Y yo llegaré a tiempo a Birnik.

—No lo voy a hacer, pero solo porque soy una persona simpática y afable —continuó el príncipe corriendo junto a Baz. La mención de los asesinos que le perseguían parecía haberle puesto nervioso. Aunque más nervioso se hubiera puesto de saber que alguien les vigilaba entre los matorrales.

2 comentarios:

  1. Muchas gracias por el nuevo capítulo. Menudo malcriado que está resultando el príncipe, espero que Baz no se desespere y termine por estrangularlo él mismo, jajaja.

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    1. Jejejeje no sé yo si le va a acabar estrangulando o enamorándose de él, porque el pobre Baz está un poco confuso. Me alegro que te haya gustado y muchísimas gracias por los comentarios.

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